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Solidaridad

Mi primera entrada “oficial”, fuera de la presentación del otro día, va a versar sobre la solidaridad.

¿Por qué? Bueno, podría hablar del tiempo, de que nos estamos cargando el mundo o despotricar contra políticos, pero eso ya lo hacen demasiadas personas, puedes leer mierda a mansalva en Twitter o en otros mil blogs.

Además, la solidaridad es algo que también genera discusiones. Por ello es interesante. Cuando hablo de solidaridad, en este contexto me voy a referir únicamente a colaborar activamente, aportando una cantidad de dinero a organizaciones que se dedican ayudar a los necesitados.

Además, definamos necesitado. Mi definición es “gente que se muere de hambre y/o enfermedad fácilmente curable, que no está capacitada para poner remedio a su situación por mucho que se esfuerce”. Si el DRAE dice otra cosa, me da igual.

A estas alturas, si no has abandonado ya la lectura, probablemente te hayas empezado a sentir ligeramente mal, si eres una persona con trabajo estable e ingresos mensuales que no colabora. Aunque sea una pequeña incomodidad a nivel subconsciente. Tu cerebro empieza a rechazar este escrito, a estar a la defensiva para justificar tus acciones. ¡Felicidades! Eso quiere decir que tienes empatía. Te preocupa el ser humano. Amas la humanidad. Suena un poco gay, pero así es. Esto te une a uno de los dos existentes grupos de seres humanos que son distintos de la mayoría de animales (en concreto, al grupo que los mejora. Del otro hablaré en su respectivo post).

El hecho de sentirse mal por algo así se puede considerar sano. ¡Fíjate qué cosa! Algunos seres humanos podemos sentirnos mal por conocer la realidad de otros seres humanos que se hayan en situación penosa, aunque nunca vayamos a conocerlos. Aunque su realidad nunca vaya a tocar la nuestra. Otros, no. Otros, simplemente piensan “Me la pela, cada uno que se busque la vida” y punto.

Me pregunto qué hace que seamos distintos en cuanto al sentimiento solidario. Desde mi punto de vista, reside en la llamada inteligencia emocional y en la educación, pero no estoy seguro. No obstante, es irrelevante. Llegados a ser adultos, es prácticamente imposible que cambie.

Yo, personalmente, no soy de las personas que van dando monedas por ahí a los pobres. Casi nunca lo hago. No sé exactamente por qué, me da algo de apuro… y tampoco puedo estar seguro de que no puedan ganarse la vida con un trabajo. Es decir, estás en un país medianamente civilizado, y tienes piernas y brazos. Bueno, algunos no, con ellos habría que hacer una excepción.

De ahí mi definición de “…y no pueda hacer nada para poner remedio a su situación, se esfuerce lo que se esfuerce”. Yo no sé si un tío está ahí tirado, sacándose 30 euros al día por hacer nada, o si se está muriendo. No tengo manera de saberlo. Y preguntárselo directamente, por muy educado que fuera, creo que no aclararía mis dudas.

Por lo tanto, colaboro con una organización de estas de ayuda. De estas que alimentan a niños que no tienen comida, ni medicinas, ni nada. Lo cierto es que es bastante fácil hacerlo. Haces una llamada, y ya está. O te metes en su página web, y ya está. Te lo descuentan mensualmente de una cuenta. Opcionalmente, te pueden enviar boletines y cosas de esas. Obviamente, todo lo que es retirar dinero de tu propia cuenta, siempre es fácil. No requiere demasiados trámites. En cuanto a los boletines, mejor por email, o que no existan. No colaboro para saciar mi infelicidad, si no porque creo que hay que hacerlo. No me hago pajas mentales viendo fotos de negritos felices gracias a mi.

La decisión de hacerlo, la tomé hace mucho tiempo. No sé cuándo, pero creo que durante mi infancia o adolescencia. Lo que sí sé seguro, es que cuando era universitario ya lo sabía. Pero claro, no empecé a hacerlo hasta cuando me aseguré una fuente de ingresos estable. Entonces, empecé a pensar en algún tipo de algoritmo para colaborar en función de mi sueldo. Es una manera de auto-obligarme a hacerlo bien y no olvidar mi principio.

En concreto, con mi fórmula, aporto tantos euros mensuales como miles brutos ingreso anuales, redondeando hacia arriba de forma que la cifra acabe en 5 o en 0. En otras palabras: en el supuesto (supuesto) de que yo cobrara 12.000 euros brutos anuales, colaboraría con 15 mensuales. En el supuesto de que cobrara 88.500 euros anuales, colaboraría con 90 mensuales. Me parece una fórmula bastante aceptable. En el supuesto de que me quedara en el paro, dejaría de colaborar, se siente.

Esto nos lleva a que, a la hora de colaborar, hay dos preguntas inmediatas: con quién y con cuánto. Ambas dependen enteramente de ti, claro. Pero lo que no hay que hacer es usarlo de excusa. “Es que para dar tan poco no doy nada”. “Es que yo luego, ¿cómo sé que se está ayudando de verdad y no se lo quedan ellos?” Bueno,  son preguntas lógicas y naturales, me las hago a menudo. Pero mi respuesta es sencilla: “Hazlo lo mejor que puedas. Pero la mejor forma que tienes de asegurarte de que dejas morir a gente, es seguir añadiendo ‘Es-ques’ y olvidarte, en lugar de hacer algo”. Y punto. Si de verdad sientes que has de hacerlo, infórmate y hazlo.

Aquí he enumerado dos de las excusas más comunes, pero aún hay otras tres o cuatro en las que la gente se apoya para no colaborar:

1) “Es que ya lo hacen los gobiernos, o creo que lo deberían hacer ellos enteramente, con todo lo que me descuentan a mi de mi sueldo, blablablá.” Mira, no tienes ni idea de cuánto se destina a ayuda humanitaria y ya lo estás usando de excusa. Vergüenza me daría (¿Ya te has ido a buscarlo?). Y en cualquier caso, ni me gusta que lo decidan unos señores corruptos por mi, ni creo que sea suficiente. Esto, por cierto, también es aplicable a instituciones religiosas.

2) “Pero por mucho que ayudes, la gente va a seguir muriendo. Mentalízate de que no puedes salvar el mundo”. Esta es una de las excusas más molestas, estúpidas y recurrentes. Tu interlocutor adopta una actitud paternal y, encima, aparentemente tiene razón. Mi respuesta es muy sencilla: “ya lo sé”. No intento salvar el mundo. Pero aquí cada uno tiene que limpiarse su propio culo. Yo no voy a limpiarte el tuyo, no voy a aportar tu parte, aunque sea un euro mensual. Yo hago lo que creo que hay que hacer, de forma que si cada uno hiciera lo mismo que yo, este mundo fuera un lugar mucho mejor y no peor. Es así de sencillo, y te recuerdo que aquellos a quienes ayudas, no pueden limpiárselo, pero literalmente. O lo hacen en el mismo sitio donde comen. O no comen.

3) “Es que realmente lo haces para sentirte feliz tú, el ser humano es egoísta igualmente, tanto tú como yo”. Esta me encanta, ¡es mi preferida! Para darla hace falta un poco de pensamiento avanzado e introspectivo, por lo que ya sabes que no hablas con un zoquete. Además, puedes caer en una discusión interminable de “yo creo que sí”, “pues yo creo que no” (cada uno con sus motivos), pues si lo haces (colaborar) para sentirte tú bien e hinchar tu propia felicidad de forma “egoísta”, o no, es una discusión compleja. Lo malo para tu interlocutor es que es fácilmente desmontable con un ejercicio de lógica: si no se hace para aumentar egoístamente nuestra propia felicidad, estamos salvando a gente de la muerte. Si sí que lo hacemos para ser egoístamente felices, estamos igualmente salvando a gente. Por lo tanto, concluimos que vamos a salvar a gente igual, y que la discusión realmente versa sobre qué es ser egoísta, no sobre si uno debería colaborar o no. Si soy egoísta tratando bien a los demás y alimentando a moribundos, bendito sea mi egoísmo. Lo que tu interlocutor hace, realmente, es intentar hacerte ver que tú no eres mejor persona que él, un claro signo de debilidad por su parte que solventa con un ataque directo.

4) La siguiente no es una excusa consciente, no sabía si meterla aquí o no. Es la de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Lo peor de esta es que sí que es cierta. Si los medios no te bombardean con el tema, tienes otros problemas diarios que solventar, los cuales absorben tu atención y recursos. Esto hace que otras excusas más pobres se magnifiquen, como que tu móvil nuevo no tiene mucha batería y quieres ahorrar para comprarte otra de repuesto (como dice un amigo mío, “problemas del primer mundo”), que si estamos en crisis (cosa que se controla con mi fórmula expuesta arriba u otra con la que se aporte menos, pero algo), que tu dinero va para tus hijos y para nadie más (excusa pobre también, por cierto, porque en ese caso no les educarás en algo importante), en fin, una infinidad de cosas aparentemente lógicas. Cosas que te afectan en tu día a día; lo otro, si no lo ves, no existe en tu esquema mental de realidad. Al final, supongo que esta excusa se solventa con un ejercicio de imaginación, concienciación y planificación de recursos.

Personalmente, lo que me parece terrible es que la gente se ponga a la defensiva. Sus cerebros eligen el bando de “no ayudar” y empiezan a buscar continuamente excusas. Es aborrecible, me pone enfermo. ¿Por qué tu cerebro no busca razones para ayudar? ¿En qué momento te volviste tan avaro? Realmente, tampoco es eso. Realmente has elegido un bando y necesitas justificarte, exactamente igual que yo hago. Solo que yo he elegido otro bando. La psicología humana es así. En la política, en el fútbol, en todo.

Además quiero hacerte notar algo: todas estas excusas y todas las que te puedas imaginar (hay incluso quien te saldría con teorías darwinistas sobre la supervivencia del más fuerte y otras muchas más), son minucias, comparadas con el hecho de salvar vidas humanas. Es decir, incluso aunque algunas o todas fueran ciertas, el hecho es que da igual. El hecho de salvar aunque sea una sola vida humana es más importante que, reitero, todas las excusas juntas, y esto no está sujeto a discusión.

No te estoy intentando convencer de que colabores, sólo intento hacer que pienses. Con eso me sobra. Tampoco quiero que te sientas mal, esto no es un chantaje emocional. De hecho, si te sientes incómodo, ya he comentado que eres afortunado de tener aunque sea ciertos sentimientos, incluso si decides, por desgracia, seguir sin aportar nada a nadie. Si todo te sigue dando igual, una de dos: o tu inteligencia emocional es tristemente baja, o bien opino que eres una persona detestable, en cuyo último caso te pediría que dejaras de mancillar mis líneas con tu vista.

Si por otra parte eres de los que colaboran de algún modo con la ayuda a los necesitados, que sepas que te admiro y respeto.

Para finalizar, creo que la pregunta real que uno ha de hacerse, no es por qué hace lo que hace. Siempre pensarás en motivos que te den la razón, porque los hay, todo el mundo tiene cierta razón. La pregunta real que te diferenciaría de la masa ingente de humanos del montón, es: “¿Qué puedo hacer individualmente para mejorar mi entorno y a mi mismo, de una forma justa?” Y aplicarlo, provocar un cambio. Esto es lo que realmente pone a prueba a una persona, donde demuestra su verdadera fortaleza y bondad.

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