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Tecno-borregos

Ha pasado más de un año desde la última vez que escribí aquí. Lejos de apenarme, me agrada ver que releyendo alguna entrada sigo pensando exactamente igual: no hay nada peor que releer antiguos pensamientos y descubrir que no tenían mucho sentido. Es quizá un signo de madurez, aunque también lo podría ser de estancamiento (ambas cosas suelen ir un poco unidas también).

Además, cuando se me ha pasado alguna idea por la cabeza durante todo este tiempo, normalmente minutos antes de perder la consciencia y dormirme cada noche, la he apuntado muy rápido, ya que sé que es totalmente imposible que la vuelva a recordar una vez recuperado el estado de vigilia.

Uno de esos apuntes (de 18, cada uno para una entrada de esta longitud aproximadamente, lo cual me da bastante material) dice: “El tecno-borrego (estar a la última en todo por Internet y seguir la tendencia en redes sociales)”. Tal cual. Voy a escribir lo que se me ocurra a partir de ahí.

 

– Definición –

“¿Ahora te enteras?” suele ser la frase estrella del tecno-borrego. Este ser, alimentado con los mejores pastos de fibra óptica, visita diariamente (y varias veces por día) multitud de lugares donde la actualidad está que trina, ya sea literalmente (en Twitter, en adelante “el Pajarito”), otra redes sociales como nuestro amigo Facebook (en adelante “el Caralibro”) o blogs varios, entre los que afortunadamente no se encuentran los de este estilo, ya que leer más de 4 párrafos sin una imagen enorme en la cabecera ni información sensacionalista le cortocircuitaría su pequeño tecno-cerebro, ansioso de repetir como un loro con tal de impresionar a las masas.

Sin embargo, el tecno-borrego no es un borrego común y estúpido. ¡Al contrario! Tiene bastante inteligencia y mucha sabiduría. Es posible que hubiera que rebautizarlo como el tecno-mandril, pero me mantendré leal al borrego, ya que el mandril es menos mainstream, como suele decirse ahora en lugar de “convencional”. Decir mainstream se ha hecho mainstream por desgracia.
Pero a lo que iba: el tecno-borrego… digamos “tipo I” es un ser con cabeza. Es capaz de retener una increíble cantidad de datos en su córtex (si es que se retienen ahí). Sus fibrillas cerebrales retozan en la información pura. También posee cierta inteligencia “típica”, ya sabéis, capacidad espacial, lógico-matemática, etc. Por desgracia, su inteligencia emocional suele tender asintóticamente a cero de forma exponencialmente proporcional a la cantidad de personas con las que se codea en un momento dado cuando no se habla de aquello que conoce.

El tecno-borrego también suele ser un sujeto masculino. De hecho es un auténtico macho cabrío. Su juego no es ver quién tiene la cornamenta más fuerte o los cojones más grandes, si no intentar adoptar la posición de dominante en base a la cantidad y actualidad de su conocimiento, relevante o no. Se le distinguirá especialmente de otros amantes del conocimiento por su insistente y molesta actitud de elevar la voz por encima de la de los demás y levantar la barbilla en cada afirmación. Interrumpir a otra persona mientras habla no le supone ningún problema con tal de iluminarte, viéndolo como un favor sin importancia de aleccionante paternalismo. Él tiene que contarte la noticia, tú no puedes contársela a él (ni a los demás).

¿Pero de dónde extrae este mefítico (pero por desgracia no mítico) ser su conocimiento? ¿Acaso sorbe bits del continuo espacio-tiempo? Bueno, eso ya depende. Si es medianamente inteligente busca fuentes lo más fidedignas posibles. No se conforma ni con Wikipedia si no que tira para arriba, normalmente buscando más referencias especializadas a partir de ahí. También está el tecno-borrego tipo II (a falta de un nombre mejor, aunque el loro conspiranoico le vendría bien) el cual directamente se cree cualquier cosa, literalmente, que se publique en cualquier medio. Y lo republica. Este tecno-borrego tipo II es un auténtico cáncer para el conocimiento. Te reenvía correos electrónicos donde afirma que la Luna se verá 20 veces más grande (lo cual ocasionaría un fin del mundo tal cual lo conocemos si fuera cierto), mensajes del wassap donde te advierte que tienes que reenviar otro para que empiece a ser gratis… y un sinfín de tonterías similares. El tipo II es un borrego sin tanta inteligencia, repite lo que oye como un lorito y, de ser conspiranoico, ha anunciado el fin del mundo en una fecha concreta al menos un par de veces en su vida; también, a pesar de que cree que el gobierno de los EEUU mantiene conversaciones con extraterrestres desde hace décadas, no cree que se haya llegado aún a la Luna. Si tu reacción al leer esto ha sido un “¡Pero es que…!” eres uno de ellos.

Del tecno-borrego tipo II hay que decir que es gregario. Tienden a agruparse para alimentarse entre sí con diversas teorías conspiranoicas para así formar un círculo marcadamente anti-sistema, rumiando, regurgitando, compartiendo y volviendo a engullir esas verdades que nadie más sabe. Sin embargo, el tecno-borrego tipo I (del que hablábamos inicialmente) siempre intentará competir y sobresalir. Cuando dos tecno-borregos tipo I se encuentran y opinan algo diferente, estos tienden a pisotearse mutuamente. En lugar de intentar llegar a la verdad de una forma ordenada y sosegada, ellos esgrimirán motivos y fuentes, aplicarán pseudo-lógica sobre una base incorrecta para llegar a la conclusión que defendían en un principio, no cediendo un ápice en el proceso.
Esto último no es sólo típico de tecno-borregos, lleva ocurriendo años desde que el hombre es hombre (o desde que el hombre es animal mejor dicho, aunque es una afirmación equivalente). Pero estos borregos del siglo XXI se caracterizan por utilizar la tecnología para acrecentar su defensa del territorio.

El resultado de las batallas campales entre los tecno-borregos tipo I suele ser la impresión y respeto que el aparente vencedor gana frente los tecno-borregos tipo II. Los no tecno-borregos pueden sentirse también impresionados si no entienden nada de lo que se hablaba. Por fortuna, algunos simplemente observan, piensan lo que quieren y asienten, sin decir nada ni dejarse influenciar más de lo que su propia lógica dicta. En cuanto al aparente perdedor de la contienda, al ser también un tecno-borrego seguirá hablando del tema intentando convencer a un último pobre diablo cuando ya el resto del grupo pasó a otra conversación.

Llegados a este punto, donde esta entrada aparenta tener una marcada actitud crítica -la tiene-, hay que decir que uno no se puede clasificar ni fuera ni dentro de la categoría de tecno-borrego. Casi todos lo somos un poco: simplemente unos más, otros menos. No pretendo estar totalmente limpio de esta plaga tecno-borreguil, pero por fortuna al menos soy consciente de ella.

Como último apunte, decir que el tecno-borrego no tiene por qué hablar de tecnología: puede sólo usarla mal para hablar de cualquier cosa. Si se siente mal un día y hay cientos de comentarios en el Pajarito criticando algo, él se sumará a la crítica expresando su tremenda indignación, sin haber leído exactamente qué ocurrió. Se asegurará de expresar convenientemente cuán injusto, intolerante, egoísta o sinsentido es el mundo o el sistema, sin pensar en una alternativa o en las consecuencias de una posible alternativa. Así, su insatisfecha necesidad psicológica de pertenencia a grupo (como veremos más adelante) se verá virtualmente saciada. Es aquí donde se pone de manifiesto el borreguismo, ya que cualquier “pastor” que sepa manipular convenientemente el terreno hará que los borregos vayan por donde quiera.

 

– Antecedentes, formación –

Es bien sabido que venimos de los animales. Somos uno más de hecho, con un cerebro algo especial y evolucionado. Los animales, especialmente mamíferos masculinos, siempre han luchado por ser el cabeza de grupo, el alfa, el dominante, al que no se le puede vencer o contrariar. Esto desde el punto de vista puramente biológico y basándose en la fuerza física es positivo, ya que así los más fuertes se reproducían más -ya que tocaban a más hembras- y la especie se hacía más fuerte. Por otro lado, la sensación de pertenencia a grupo hacía más fuerte al grupo de animales en sí, colaborando para alcanzar fines comunes (como la caza).

Luego vino el hombre primitivo, hasta la revolución industrial. En un principio la herencia animal podía ser igualmente positiva, aplicando la misma lógica. El problema vino cuando nuestra inteligencia nos convirtió en civilizados. Ya no era necesaria la fuerza física obligatoriamente. La inteligencia se hizo la controladora de los recursos, ya fuera por influenciar en la gente, por inventar algo revolucionario o por simplemente ser capaz de hacer algo que otros no sabían hacer igual de bien. Los trabajos que requerían fuerza cada vez se iban relegando más a animales con sus debidos mecanismos acoplados -piénsese en un arado- o a máquinas. En otras palabras, recursos y descendencia no dependieron de la fuerza física. Aún así, cuando dos personas se peleaban, todavía tenían el tirón de la fuerza animal metido en sus molleras. Empezaban a acercarse, desafiarse, incluso  juntar cabezas al más puro estilo búfalo loco para finalmente empezar a pegarse tortas (y aún ocurre en nuestros días). El papel de la mujer en esta época, por desgracia, continuó siendo exactamente el mismo que cuando éramos animales, salvo contadas excepciones. Al menos no entraban en el juego, aunque era natural que se fijaran en sujetos con más inteligencia y recursos. Ellas aún no podían obtenerlos en ese sistema anticuado.

Época humana moderna, era digital. Aquí estamos ahora, cambiando modas a toda pastilla y en teoría más civilizados que nunca. Eso si no tenemos guerras y si pertenecemos a un país desarrollado, obviamente. Todavía los machitos siguen intentando ser el dominante de cualquier grupo por fuerza física, al menos hasta la adolescencia. Pero es aquí donde surge la nueva especie: un reducido grupo de personas, normalmente incapaces de competir a nivel físico con los machitos clásicos, se dedican a estudiar duro. Sacan dieces en los exámenes. Se refugian en los estudios a falta de una mayor inclusión social, lo cual, si esa sociedad inmediata que les rodea es condenadamente mediocre, no será necesariamente la peor de las elecciones.
Pero hay un problema.
No olvidan ni perdonan. Piensan que más adelante su momento llegará. Todo ese tiempo que los demás se han pasado de fiesta en fiesta, ligando, ganando dinero con trabajos de mierda, se volverá en su favor más adelante. Tras muchos años, ha estado delante de pantallas, en su mundo de conocimiento y felicidad sin demasiadas personas alrededor: no obstante, tras tanto tiempo se ha rodeado de un grupo de gente afín… pero el daño ya está hecho. Ha cambiado el ring, ha cambiado las armas, pero su actitud es la misma: la inmadurez de un animal, el machito tecnificado amparado en el extenso conocimiento que ha amasado en su cráneo. Es de lo que se ha rodeado, es lo que ha aprendido. Ha elegido otras armas, eso es todo. No ha sido más que otro borrego que ha seguido la misma dirección que el resto, ha jugado al mismo juego: se puso menos puntos en fuerza y agilidad y se los puso en sabiduría e inteligencia. No hay más.
En cuanto al uso de la tecnología, la sensación de pertenencia a grupo se puede suplir fácilmente en redes sociales, repitiendo como loros lo que el resto dice. Voces unidas para construir verdades que por desgracia nunca se sabe si son ciertas, pues a veces sí que lo son, a veces no. De todas formas, cualquier persona no tecno-borrega debería saber que ninguna afirmación mínimamente polémica puede expresarse como verdad absoluta en 140 caracteres. Si fuera tan sencillo no habría polémica.

En esta época digital hay móviles. Hay noticias constantemente. Hay redes sociales. Hay trolleo por Internet. Postureo. ¡El tecno-borrego ha nacido! Utilizará todo eso para ser mejor. Tendrá más seguidores en el Pajarito, más amigos en el Caralibro. Se gastará el dinero en un móvil de última generación por año, cada uno con una pantalla con mayor densidad de píxeles que el anterior, en lugar de ahorrarlo para operarse la vista (no sé si se aprecia la ironía). Publicará en las redes sociales lo feliz que es en todo momento o escupirá críticas no constructivas sobre un sistema que le ha dañado mucho. Cuidado si se cae Twitter, sufrirá un shock anafiláctico por su alergia a la no-conexión. Téngase preparado Reddit, Forocoches o Mediavida en otro dispositivo (el suyo cayó al suelo y a pesar de ser de última generación, cristal protector “el super gorila de zafiro” y una funda absorbe-choques… en fin, ha reventado), para mantenerlo tranquilo. Nunca usar una copia de Twitter en la caché de Google: el tecno-borrego sabrá que no es actual (ha pasado ya por lo menos 2 minutos desde su publicación e incluso lo retuiteó varias veces) y morirá sin remedio.

Bromas aparte, en cuanto al papel de las mujeres en esta era digital se ha igualado mucho con el del hombre. Ellas han cogido algunos defectos y algunas virtudes que solo poseían los hombres. Defectos como fumar como un carretero o ser mal hablado, virtudes como acceder a puestos de trabajo de responsabilidad, estudiar ingenierías u otros campos de carácter tradicionalmente masculino, etc, a la vez que siguen manteniendo esa inteligencia emocional tan poco frecuente en nosotros a la hora de expresar sentimientos (estoy generalizando). Aún hay desigualdad, pero el progreso ha sido muy importante si se compara el último siglo con toda la historia anterior de la humanidad (y eso son muchos siglos). Lo que importa relacionado con el tema que nos ocupa es que no se les ha contagiado el tecno-borreguismo. El número de mujeres tecno-borregas es ínfimo, aunque algunas hay de tipo II. No obstante, ahora tanto hombres como mujeres nos fijamos en los demás, vía redes sociales, sin distinción, y todos presumimos y aleccionamos impunemente para que todos se fijen más en nosotros, o para desahogarnos y ver si estamos solos en el universo. Es más fácil eso que encarar los problemas. La pantalla del ordenador es un escudo aún mayor que el parabrisas de un coche. Saca nuestro Mr. Hyde sin importar demasiado el sexo masculino o femenino.

Resumiendo, como consecuencia de lo anterior y para concretar la definición: el tecno-borreguismo no es más que el conocimiento y uso de tecnologías actuales al servicio de nuestra herencia animal desagradable, ya sea para:
1) Aparentar/presumir, sobresalir por encima de los demás (borrego tipo I o tecno-mandril macho territorial)
2) Para satisfacer nuestra necesidad de pertenencia a grupo, desahogar nuestra desgracia y criticar al sistema sin pensar antes (borrego tipo II o el tecno-loro, dirigido por el borrego tipo I y opcionalmente conspiranoico)
3) Ambas.

 

– Cómo no convertirse en uno: los límites –

Como he comentado anteriormente el tecno-borreguismo es un mal que nos afecta a todos, especialmente a los hombres y a las personas que hayan estudiado o usen herramientas de comunicación digitales. Hay formas de evitarlo o minimizarlo sin embargo y a eso van dedicados los siguientes párrafos, con ejemplos prácticos. Disfruta del paseo.

Para empezar, es perfectamente normal tener un teléfono móvil moderno, los smartphones son una navaja multiusos, ni más ni menos. Alarma, periódico, reproductor de audio, mapa, GPS… incluso reproductor de vídeo, consola portátil, lo que sea. Todo en uno. A pesar de que nunca es recomendable poner todos los huevos en la misma cesta, es una herramienta muy útil. El estar al tanto de ciertas novedades no te convierte en un tecno-borrego.
En referente a móviles, lo que te convierte en un tecno-borrego es necesitar estar a la última por una cuestión de imagen, presunción, etc. Seguir el hype internetesco y querer tener una pantalla de 5 pulgadas con una resolución que aún no se ve en pantallas de televisión, cuando ni siquiera vas a usar contenido que lo aproveche.
También el tener una conversación con alguien, y estar a la vez enviando mensajes por el móvil. Además de tecno-borrego te convierte en maleducado. En ese caso, si es importante, como mínimo una educación básica te debería instar a pedir permiso o disculpas, acabar lo antes posible y volver a la conversación en el mismo punto que estaba.

En las redes sociales es donde estos seres más se ponen de manifiesto. Es como su prado arco-iris repleto de pequeños tesoros. Tienen que enterarse de todo y contestar a todo con la verdad absoluta. Si algo no está en la red social, no ha pasado. El llamado postureo invade el Caralibro y otros medios. ¿Pero hasta dónde se puede considerar “normal” (menuda palabra) publicar tu vida en las redes sociales? Para mi, en tanto y cuanto no te prive de otras interacciones sociales cara a cara y no se haga con ánimo de presunción será correcto. El problema es que ninguno somos capaces de conocernos a nosotros mismos tanto como para decir si estamos haciendo eso un poco. La honestidad y las buenas intenciones, el no ser hipócrita, el no “sonrío en la red pero luego te pongo a parir”. Todos juzgamos a todo el mundo y decimos nuestras opiniones (es inevitable), pero usar una red social para acrecentar la falsedad es muy propio del tecno-borrego.

El tecno-borrego no vive el momento: lo almacena o cuenta. Está demasiado ocupado fotografiando o filmando. No deja la cámara grabando y lo mira: la deja grabando y lo mira a través del visor de la cámara. Es así de tecno y así de borrego. ¿Cómo evitar semejante idiotez? Bueno, si se permite hacer fotos, haz alguna. Si se permite grabar, graba. Pero piensa un poco, ese momento quizá no se repita, y no estás poniendo tus sentidos en él. Yo he sido de fotografiar y grabar todo, por lo que hablo con conocimiento de causa. Si te gusta, no hay nada de malo, pero ves preparado para disfrutar del espectáculo, broma, reunión de amigos, lo que sea sin tener que echar mano de tu aparato (electrónico). O coges un trípode. O lo sitúas donde sea. Si quieres de verdad fotos, también puedes pasar la cámara a otras personas y que vaya rotando. Si estás demasiado pendiente de cualquier aparato, el tecno-borreguismo te absorberá poco a poco. Obviamente esto no se aplica si has salido a hacer fotos a propósito.

En cuanto a ejercicio físico, el tecno-borrego no solía hacer demasiado hasta hace un par de años. Se han puesto de moda las pulseras cuantificadoras u otros wearables, la quintaesencia de los borregos tecnificados… o simplemente usar los móviles. Como hasta ahora no tenían forma de comunicarles los kilómetros a los demás, no hacían deporte. Consumía un tiempo que se podía usar para tecnificarse un poco más. Ahora, como además de en videojuegos pueden desbloquear logros en la vida real, se han animado a hacer deporte, cuando antes no lo hacían. ¿No lo habéis notado? Está de moda hacer deporte que se pueda trackear. Y se llama running, porque correr es algo que hacían nuestros abuelos, pasado de moda, muy mainstream, a pesar de ser lo mismo. También el ciclismo está en auge. ¿Cómo usar la tecnología en el deporte sin ser un borrego técnico? Bueno, si siempre has hecho deporte y has empezado a usarlo para superarte o llevar un control, es entendible. Si quieres hacer ver que estás haciendo algo para hacer que otros se animen para apuntarse, es también entendible. Si quieres que todos te admiren por lo que estás haciendo y tratas tus cifras como una bandera de conquista para una ración de postureo matutino, bienvenido al corral eléctrico. ¿Lo complicado? Darse cuenta. Si experimentas sensación de satisfacción al verlo publicado en tu querido muro, estás cayendo.

Habrá muchos más ejemplos. El secreto es en gran parte la actitud y las formas con que lo hagas. A veces alguien que pretende presumir publica algo exactamente de la misma forma que lo hace alguien que quiere compartir. Al principio es indistinguible, pero por el tipo de persona o comentarios subsiguientes uno debería darse cuenta pronto.

En general, no es tampoco malo que un individuo intente sobresalir. El problema es cuándo, cuánto y cómo. Cuándo: Hay cosas que no vienen a cuento en un momento dado. Si todos están hablando de un problema de alguien y tú ansías empezar a hablar de videojuegos para decir a dónde te has llegado, tienes un problema. Cuánto: Si no paras de hablar y la otra persona no hace más que asentir vagamente… la estás aburriendo. Cállate o al menos pregúntale qué opina, no hagas el discurso de tu vida. Cómo: una actitud hiriente no sirve de nada. Si tu forma de hacerte valer es empequeñeciendo a los demás es porque no eres capaz de sobresalir por ti mismo. No puedes decirle a alguien que está equivocado sin seguir su lógica y plantearle el fallo. En este sentido, si lo haces sin querer, por costumbre, intenta darte cuenta o ser más suave.

He mantenido a veces actitudes tecno-borreguiles en mi vida y he dejado de hacerlas o las he disminuido bastante con el tiempo, afortunadamente.

 

– Cómo tratarlos –

Bueno, digamos que tú no eres un tecno-borrego (¿estás seguro?) y algún conocido sí. ¡Qué contrariedad! No sabes si dejar de seguirle en Twitter, porque si entras a leer algo 9 de cada 10 entradas son suyas y satura todo. Y es tu amigo, no puedes dejar de seguirle. ¿Qué haces? Te equivocas. Puedes dejar de seguirle. Asunto concluido. Una relación de amistad no depende de tu conexión en el Caralibro o el Pajarito, por favor, un poco de cabeza.

Además, hoy no hace más que aleccionarte sobre, digamos, la teoría de la relatividad. Hoy le ha dado por hablar de relatividad y agujeros negros, fruto de un capítulo de Cosmos que le mojado los calzoncillos. Sería genial aprender algo de eso si te interesa y no fuera un tecno-borrego…
Pero ninguna de esas dos cosas son verdad. Te interesan los problemas humanos más terrenales e inmediatos, y se expresa de forma pedante. Piensas: “Cierra la puta boca, desgracia humana, ¿no ves que no me importa?” mientras arqueas las cejas fingiendo sorpresa y asintiendo con una técnica ya bastante depurada. ¿Es esto correcto? ¿Deberías decirle algo?
A veces no se trata de ser o no hipócrita, si no de la actitud de cada uno, de la paciencia de cada uno, del grado de confianza, del grado de respeto… el chaval ha visto algo y está emocionado. Bueno, díselo: “no me interesa”, “me estás rayando tío”. Otra cosa que puedes hacer es, solo en caso de tener mucha paciencia, aprender algo. Ignorar la forma y quedarse con el contenido. El tecno-borrego te permite aprender, ¿y por qué no? Mientras tú no adoptes la misma actitud después, ya sabrás algo más. Es él quien se jacta, pero no ve que no sale beneficiado: no vamos a entrar en el juego de “guau, cuánto sabes, impresionante”: estás por encima de ello, eres consciente de la psicología de la situación. Esto solo es válido si en otras ocasiones nuestro amigo Norit ha dicho cosas con un mínimo sentido y no sandeces o exageraciones.

Cuando hagan lo de los mensajitos por el móvil mientras hablas, es fácil: deja de hablarle si es tu único interlocutor o dirígete a los otros. No, tirarle la copa encima del móvil no es buena idea. No debes odiar al tecno-borrego: debes sentir penar por él. No se da cuenta de lo que es.

¿Está presumiendo de móvil absurdamente avanzado? Bueno, te recomiendo que le dejes tranquilo, que retoce feliz. Pero si quieres ir un poco a la contra o interesarte a ver si realmente merece la pena, las preguntas son: “¿Cuánto te ha costado?” y ¿”Qué puedes hacer que con el anterior no?”, preguntas que suelen poner de manifiesto al tecno-borrego: se habrá gastado cientos de euros cuando su anterior móvil no tenía problemas. Lo que pasa es que ahora tiene más RAM, más densidad de píxeles, incluso medio palmo más le ha crecido la polla.

Hay otro punto importante de estos seres que me dejo en el tintero: las modas o las noticias del momento de Internet. “¿No conocías este meme?”, “Ese vídeo de Youtube es más viejo…”, “¿En serio no has visto esa serie?”… Hay gente con una vida que no depende de los megas contratados, sólo los usa de vez en cuando. Gente con personalidad propia, que no va a elegir una forma de vestir o llevar cierta apariencia, ya por convencionalismo o por moda. Existen personas con una vida interior increíblemente rica, pero que normalmente no se anima a compartirla por el simple hecho de que los tecno-borregos no se animan a escuchar, y no quiere convertirse en otro más (cosa complicada a veces). Estas personas no tienen tiempo de ver lo último de Internet, o bien no tienen ganas y, si la cultura popular se construye a partir de cosas así, entonces la cultura popular es una puñetera bazofia. Divertida, pero para nada de obligado conocimiento. Pero es lo que tiene el tecno-borrego en su vida. Colabora construyendo su Matrix feliz particular.

¿Hay un escándalo y el Pajarito está que trina? (Traducción: ¿hay un trending topic en Twitter porque X ha hecho Y?) Por supuesto que estará muy mal eso, sea lo que sea. Tal cual está escrito en una frase corta poca gente se equivoca. ¿Tienes ganas de compartirlo con los amigos? Bueno, para no propagar información falsa o exagerada, lo mejor es leer la fuente. E incluso la fuente, normalmente es exagerada. Vivimos en un mundo de información sensacionalista, yo mismo he escrito a veces de forma sensacionalista. Hay que hacer de abogado del diablo siempre. Probablemente pienses que quizá ha pasado esa noticia porque hay otra cosa que de base estaba también mal y la persona que hizo tal cosa no tenía otra opción, y los loros retuiteantes no lo están pensando. Pero si publicas eso parecerá que estás defendiendo aquello que es repudiable. Entonces, ¿qué hacer? No hay solución. No en 140 caracteres. Un sistema como Twitter tiene la desventaja de que no se pueden hacer afirmaciones universales sin excepciones (no tienes espacio para matizar), de forma que siempre alguien responderá a la contra, siendo esta contra una afirmación también refutable. Es de ello de lo que se alimenta el Pajarito y por ello por lo que no es un buen lugar para dar opiniones ni hablar de nada polémico o complejo. Pero los tecno-borregos lo usan para eso sobre todo. Mi consejo: no entrar al juego en estos casos.

 

– Conclusión –

Animo a todos los que leamos esto algún día (si bien soy consciente de que es una entrada que va a envejecer muy mal) a preguntarnos nuestro grado tecno-borreguil. Si es alto, quizá debamos cambiar algún hábito de nuestra vida (o no-vida). No puede ser que dediquemos un 50% a vivir y otro 50% a registrarlo, presumir o envidiar cómo viven los demás a través de una pantalla.

No importa cuán avanzadas sean las tecnologías que invente el ser humano: la plebe las usará para lo que nuestro atrasado cerebro semi-animal dicte. No somos maduros. Nadie. La humanidad es todavía adolescente, básicamente, con independencia de la edad de un individuo dado o su madurez. Nuestra evolución ha implicado mayor inteligencia inventiva y de comprensión de lo que nos rodea, pero muy poca inteligencia emocional y de nuestro propio interior. En otras palabras: la seguimos liando parda.

También decir que no es que crea que esto sea el fin del mundo o un drama, suelo reírme cada vez que entro (últimamente no tan a menudo) en una red social. Este tocho no es más que una opinión personal, usando alguna metáfora o exageración para hacer palpable un hecho del que no todo el mundo es consciente… y que cada vez va a más.

Se podría pensar que llamar borrego a alguien que actúa territorialmente está equivocado: quizá en un primer momento. Los chulo-playas de gimnasio pueden ser idiotas pero no borreguitos. Pero cuando ves que hay miles, quizá millones a tu alrededor, te das cuenta de que en realidad todos siguen el mismo patrón, están cortados por las mismas tijeras, siguen un mismo camino. Si además están usando la última tecnología a manos del público para hacerse oír y chocar la cornamenta, en lugar de sus músculos… ahí los tienes: tecno-borregos.

 

 

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En busca de las virtudes

Actualmente tengo claro quién soy, mis limitaciones y mis respuestas a algunas preguntas que siempre han inquietado a mi mente y a la de bastantes personas.

Una de esas preguntas (y solo una) versa sobre los valores que una persona ha de tener.

Hablo totalmente fuera de religiones o leyes; busco un código de conducta, unos valores humanos, una moral bien definida que fuera perfecta. Siempre la he buscado, mis mandamientos particulares (pues no creo en ninguno predefinido) y hace unos años, creo que por fin lo encontré.

Veréis, una de las razones por las que practico un arte marcial es por el código de conducta que intenta seguir, de “convencer” en lugar de “vencer”. Es algo importante. En otros sitios te enseñan cosas en su momento, claro: en el colegio (al menos a mi me lo enseñó una profesora) es lo de “la regla de oro: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. Bastante buena, pero aún así no totalmente correcta, porque precisa demasiado el hecho de que a todos nos gusta o no nos gusta lo mismo (la gran parte de las discusiones suelen empezar por un malentendido).

Por otro lado, esta búsqueda está relacionada con el “instinto” versus “racionalidad” de los seres humanos, pues el instinto no hay que negarlo, hay que controlarlo para poder aplicar estos valores antes de actuar precipitadamente y… cagarla.

Entonces uno empieza a preguntarse, tras ver bastantes películas del oeste, por cosas como el honor. El honor es algo que por desgracia hoy día se está perdiendo, parece que no está de moda. La moda de hoy en día es la crítica, pocas veces constructiva, y el morbo por la desgracia ajena está presente en varios medios. Nos gusta ver a la gente discutir. La gente miente sin ningún problema. La gente se emborracha para pasarlo bien. No hay ese antiguo honor que uno podía ver en una orden de caballería; se ha perdido en las acciones de nuestros días. Parece que casi todo el mundo esté vendido al mejor postor.

Vamos, que le puedes meter mano al asunto desde mil ángulos distintos (educación, actuación del estereotipo de “héroe”, diferentes culturas, psicología humana…) sin llegar nunca a una conclusión.

Hay mil ejemplos de filosofías y valores. Uno de los que más me atrajeron al principio son los valores del bushido, los cuales, a pesar de ser un poco fuertes, iban bastante a tono con mi forma de ser.
Hay otras virtudes, como las cardinales o las teologales, tras todo lo cual acabas con un batiburrillo de palabras en la cabeza. ¿Hay que tener templanza? ¿Caridad? ¿Fortaleza? ¿Coraje? ¿Benevolencia? ¿Honor? ¿Fe? ¿Seguir la regla de oro? ¿Tocarse los huevos a dos manos?
¿Qué atributos morales poseería un hipotético ser humano en perfecta armonía consigo mismo y con lo(s) de su alrededor? ¿Es siquiera posible?

La respuesta yo siempre la había tenido en la cabeza, quizá, más o menos (y sólo al final del artículo descubriréis porqué, muahaha), pero nunca había podido escribirla o sintetizarla, transmitirla o pensar en ella de un modo consciente. Hasta un día en el que estaba con una persona por la que siento respeto y cariño, hablando de algo parecido a esto (cosa que no se puede hacer con cualquiera sin que bostece, por cierto…)
No recuerdo cómo empezó la conversación, hará ya 5 años por lo menos… quizá también a partir de los valores que transmiten las (algunas) artes marciales y tal. Tras un poco de cháchara por mi parte, me miró con cara inocente y me soltó:
“Hay que ser fuerte… y hay que ser bueno“.
Y punto.

Mi primera reacción ante algo tan simplista fue de negación, porque en mi opinión ahí faltaban cosas. Pero cuando intenté rebatirlo, me di cuenta de que ahí estaba todo lo necesario, me faltaban palabras para llevarle la contraria (yo mismo me rebatía los argumentos que encontraba en mi cabeza al instante).
Y era la respuesta que me podría haber dado un niño pequeño.

Cuando estaba empezando a maravillarme por aquellas dos palabras tan simples y fáciles de entender, mi mente (que ya he comentado que es inquieta creo…y quizá algo más complicada de lo que debería) empezó a decirme que no lo aceptara sin más, que intentara rebatirlo. Así soy… antes de aceptar algo intento rebatirlo con cualquier ocurrencia, excepción o situación anómala donde aquello no encajara.
Para ello, intenté coger algún concepto totalmente deseable en una persona y que no estuviera ahí dentro. No pude.

Fuerza y bondad son dos conceptos que engloban todo, absolutamente todo. Ahí lo tenía. Y cualquier otra cosa, cualquier concepto:
A) Es absorbido por uno de esos dos, siendo un subtipo o particularidad.
B) Depende de un atributo que no puedes cambiar, como la inteligencia. No tiene sentido decir “Hay que ser inteligente” en tanto y cuanto dependa de nuestra capacidad. Si no se puede cambiar, es absurdo como valor humano. Es más genético… o circunstancial. Otra cosa es ser sabio o intentar mejorar dentro de nuestros límites, cosa que viene impuesta por una fuerza, en este caso la de la voluntad. Otro ejemplo es la economía del individuo durante su educación infantil, por ejemplo, o el tipo de padres que tenga. No depende del individuo, de modo que “hay que tener recursos” o “hay que tener una buena educación” sólo cobraría sentido si el individuo puede hacer algo para cambiarlo, siendo normalmente imposible en le etapa más imporante: la infantil. Lo mismo ocurre con la suerte, más allá de buscarla o no buscarla.
C) No tiene utilidad real, no es un elemento deseable.

Para demostrarlo, permitidme coger los de los ejemplos de las webs anteriores y meterlos en alguno de los sacos:
Del bushido:
-Justicia: Depende de la inteligencia, fuerza y bondad a partes iguales. No hay nada en la justicia fuera de eso. Inteligencia para una pena adecuada con el fin de que algo no se repita, fuerza para decidir y aplicar esa pena, bondad para impedir que nos pasemos de la raya…
-Coraje: Es un tipo de fuerza. Un tipo de fuerza de voluntad para ser más precisos. Coraje es saber actuar cuando se tiene miedo, nunca “no tener miedo”.
-Benevolencia: Sinónimo de bondad.
-Respeto: Otra forma de bondad. Respetar a alguien o algo es ser bueno con él o ello en su trato, actuar de forma que se sienta bien en la interacción.
-Honestidad: Es una forma de fuerza. Decir la verdad no es algo fácil siempre. Además, cuando a uno le empujan a una situación en la que no puede ser honesto y respetuoso al mismo tiempo (por desgracia existen personas que te empujan a esta situación), tienes un conflicto de fuerza versus bondad. Y no, no hay un algoritmo para salir airoso de estas situaciones, simplemente hay que buscar maximizar ambas en función de la situación y el individuo.
-Honor: Me es complicado clasificar el honor, reconozco. Es por eso que a veces le doy un trato especial. Cuando pienso, creo que el honor es una mezcla de otras, como la Honestidad y el Respeto, por ejemplo, sumado a una fuerza personal de orgullo que hace aumentar el ego del individuo que cree poseerlo. Por lo que lo definiría como una mezcla de fuerza de voluntad, ciertas partes de bondad y finalmente orgullo, un elemento no realmente necesario.
-Lealtad: No es un elemento deseable más allá de donde la bondad y fuerza te dicten. Según el contexto del bushido no es más que una parte de honestidad, y si ampliamos el significado, tu lealtad solo debe llegar hasta donde el ser “bueno” te dicte. En otras palabras, el lazo que te hace ser leal se mantiene por bondad; a veces, la lealtad no es deseable, y hay que ser fuerte romper el lazo que la creaba. Obviamente, ser desleal sin romper el lazo es lo que no debe ocurrir nunca.
Virtudes teologales:
-Fe: Es un tipo de fuerza realmente. Lo que ocurre con la fe es que te dicen que “algo” te va a ayudar. No es lógico ni tienes por qué conocerlo (nunca lo entenderás de hecho), pero va a ayudarte a que las cosas salgan bien. Es otro de esos conceptos que ayudan a ser fuerte, pero que son prescindibles si ya lo eres. No hay que olvidar que la “fe” se tiene hacia lo que no se puede entender, es una creencia que te ayuda a algo, no hay que confundirlo con “confianza”.
-Esperanza: Otro tipo de fuerza, muy similar a la fe pero sin su contenido místico. La esperanza se tiene cuando las probabilidades de algo buenas son pequeñas. Se podría decir que es lo mismo que intentar ser positivo, una forma de fuerza. En cuanto a tener demasiada esperanza, no es un elemento deseable, porque puede distorsionar la realidad y correr demasiados riesgos.
-Caridad: Un claro ejemplo de bondad.
Virtudes cardinales:
-Prudencia: Es un derivado de la inteligencia, la cual o no podemos alterar por nuestras propias limitaciones, como ya he mencionado, o podemos hacerlo mediante una fuerza de voluntad (el estudio, etc.)
-Justicia: Ídem que en Bushido.
-Templanza: Un claro ejemplo de fuerza, de nuevo, de voluntad. Puede parecer abstracta o algo menos importante, pero realmente lo es, porque “templanza” hace referencia a controlar nuestro primer instinto y actuar racionalmente. Solo decir que en exceso o en algunas situaciones no es deseable, a veces el instinto te saca de algún atolladero.
-Fortaleza: sinónimo de fuerza.

¡Cuidado! No quiero decir que todos estos sistemas, de griegos, japoneses y quien sea, sean malos o incorrectos. Me parecen geniales de hecho y probablemente muy conformes a su época. No obstante esto es mi opinión personal y por ello a mi, para mi, me gusta quitar “lo que sobra” y generar una filosofía muy simple. Es como tallar una roca enorme y encontrar el núcleo sin el que todo lo demás se caería.

Ser bueno y ser fuerte, bondad y fuerza, benevolencia y fortaleza, da igual como lo digas o en el orden en que lo digas. No hace falta más.

Iba a acabar aquí, pero…
Últimamente le he dado vueltas a una idea: quizá se pueda simplificar incluso más. Para llegar a la actual simplificación de dos palabras, uno ha de tener en mente todo lo que éstas engloban o no serviría de nada; pero no dejan de ser dos cosas. Un número que me gusta, el dos (no me voy a poner a hablar ahora de la dualidad de todo, yin y yang, materia y energía, etc. etc., pero por ahí van los tiros), no obstante a pesar de que fuerza y bondad parezcan totalmente distintas, tienen una pequeña asimetría.

Dejad llevaros un poco por esta reflexión:
Un individuo únicamente fuerte, podría ser… un cabrón egocéntrico, por ejemplo. Fuerte, quizá incluso listo, pero irrespetuoso y dado a joder el medio ambiente. Por ejemplo.
Un individuo únicamente bueno, podría definirse como cándido o inocente. Tiene que tener cuidado porque, como no es fuerte, se aprovecharán de él.

Ahora bien.
El fuerte no tiende a hacerse bueno. No lo necesita. Él es un cabrón y punto, no tiene por qué cambiar. Puede hacerlo, pero su situación digamos que puede ser estable.
El bueno, no puede mantenerse sólo bueno durante mucho tiempo. O bien empieza a hacerse un poco menos bueno, algo más cabrón, o bien empieza a hacerse fuerte.

En otras palabras: necesitas ser fuerte para ser bueno. Pero no necesitas ser bueno para ser fuerte. Esa es la asimetría.

Y lo que comentaba de que es posible, quizá y sólo quizá, simplificar aún más, es porque, si de igual manera que ser fuerte implica justicia u honestidad, el ser bueno implica fuerza, entonces quizá podamos eliminar también la fortaleza. Obviamente es distinto, no es un subtipo de bondad, pero bondad implica fuerza de un modo… cronológico. No durarías mucho siendo sólo bueno.

Además, bondad para con uno mismo, que no hay que olvidarla, significa hallar la felicidad. Vamos, divertirse.

Y toda esta sarta de gilipolleces que nunca te quitaron el sueño (o complicados conceptos filosófico-morales, lo que prefieras) arriba expuestos, me conducen a pensar en una cosa que engloba todo:
“¡Diviértete y pórtate bien!”

Hay que joderse. Sí, lo has reconocido, lo sé. La respuesta, desde que naciste, te la lleva diciendo tu madre.

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Modelos del bien y la venganza

Para mi siempre ha estado muy claro lo que está bien y lo que está mal. Básicamente, cuando haces algo que potencialmente haga sentir mal a alguien, está mal. Cuando haces algo que potencialmente hace sentir bien a alguien, está bien. Lo destructivo está mal. Lo constructivo está bien.

Con esta definición tan de sentido común, me sorprende cuando en algunas conversaciones ha llegado alguien y me ha dicho “es que lo que está bien o lo que está mal es tan relativo…” Vamos no me jodas. Está claro lo que está bien y lo que está mal. Lo que no está claro es si hacer algunos males está justificado o se puede considerar humano o aceptable.

Lo mejor es que ponga algún ejemplo. Digamos que tienes la mala suerte de cruzarte con un tipo pirado que ante la frustración de no encontrar más de 10 euros en tu cartera se lía a navajazos contigo y tu familia, con tan mala suerte que se carga… digamos, a tu mujer y a tu hija.
Me voy directamente a este caso extremo porque es en los casos extremos donde se muestra la valía de cualquier afirmación.

Veamos, ¿dirías que está bien matar a esta persona?

No. No está bien matarla. Puede satisfacerte, puede parecerte justo, pero bien no está. Yo lo haría con toda probabilidad, pero no podría afirmar que estuvo bien.

Es un caso donde operamos sobre una base que no está bien. Es decir, que un código de conducta bueno funciona muy bien sobre un contexto donde abundan los códigos de conducta buenos. En cuanto te topas con algo totalmente opuesto a lo que consideras el bien, como un asesinato de alguien muy querido, estás fuera de un contexto civilizado.

Ahí entra el instinto animal. Son tus ganas de venganza las que te van a llevar a actuar de una manera o de otra. Y esas ganas de venganza son tuyas y solo tuyas por lo que,  en este ejemplo, tu definición de qué está bien o no está alterada con respecto a la de los demás. Si caes en lo típico de que “lo que está bien es lo que es justo”, entonces está claro que lo único que puedes hacer no es matarle: es matar a toda su familia.

Vamos a dejarnos de tanta sangre y destrucción aquí para centrarnos en una conclusión: es únicamente el individuo afectado (y nadie más) el que decide hacer una acción que se sale de lo que está “bien”, como “venganza” o “justicia”. De esta frase tan obvia, surgen dos problemas muy grandes en los que me voy a centrar en las siguientes líneas:
1) ¿Es correcto un sistema que modelice el bien en el que individuos no afectados por el delito toman la decisión de matar, y matan, al asesino?
2) ¿Hay alguna diferencia entre la justicia y la venganza?

En el primer punto me refiero claramente a sistemas penales que incluyen la pena capital. Condenar a alguien a muerte.
Personalmente soy un fuerte opositor a la pena de muerte. Curiosamente, apoyo la decisión del afectado de matar al asesino. ¿Por qué? Muy sencillo: para mi, el famoso corredor de la muerte o cualquier cosa parecida me parece deleznable, aborrecible en una sociedad civilizada. Da pena ver aplicada la inventiva humana en servicio de la originalidad a la hora de quitar la vida. Y no me parece mucho más civilizada la inyección letal que la muerte por mil cortes.

Entendería que cualquiera que leyera estas líneas pensara que no tiene mucho sentido o que me contradigo, al ser opositor de la pena de muerte pero estar a favor de llevar a cabo una venganza personal que implicara la muerte. Es muy sencillo: una venganza es en caliente. La famosa frase de “La venganza es un plato que se sirve mejor frío” es de lo peor que he oído jamás. Porque es sólo en caliente donde podría estar justificado (por tus sentimientos). En frío, solo cabe el perdón. Y que otros señores lleven a cabo la venganza, bajo el nombre de “justicia”, en frío, parece civilizado pero es la antihumanidad personificada y bien maquillada.

“Vamos a matarte de forma civilizada”. Te matan con educación. Solo les falta peinarte y ponerte guapo. Además, lo hace un tío al que no has hecho nada. Ni siquiera eso: en la silla eléctrica, hay 3 señores que activan 3 interruptores (o fue así durante mucho tiempo). Ninguno sabe qué circuito activa la silla. Eso significa que cada uno tiene el 33% de probabilidades de ser el auténtico verdugo. Son verdugos virtuales. Esta especie de manía de permanecer impolutos, puros y castos mientras te están matando me parece aborrecible. Si tienes que matar a alguien, hazlo mirándole a la cara. Ten un par de cojones. Vive con ello.

Pero claro esto nos lleva al problema de que esa persona -el verdugo- no decidió matarle. Esa persona está haciendo un trabajo -de mierda- que un señor juez, vestido para la ocasión, decidió desde lo alto de un tribunal de madera lacada, muy cuco todo, que debía ser hecho. Y el juez probablemente solo esté haciendo lo mismo que otro hizo, o aplicando una ley o, en caso de jurado popular, haciéndole caso a la plebe (cuya sabiduría como mínimo queda en entredicho… por no decir que la mayoría no tendrán ni puta idea de lo que ha pasado).
Esto nos mete de lleno en el problema del sistema judicial como intento -tristemente paródico- de formalizar o estandarizar el bien. Pero de eso hablaré más adelante. Aquí, la conclusión que quería extraer del punto 1), es que de ninguna forma está bien, ni siquiera es justo, que un grupo de personas decidan que otra debe morir, en frío, donde ni pinchan ni cortan.

Sobre el punto 2). La respuesta es muy sencilla: no. No hay ninguna diferencia entre la venganza y la justicia. Me la suda lo que diga el diccionario. Me da igual lo que diga el más sabio de los sabios. Cuando tú quieres justicia, lo único que quieres es una forma de venganza. Y punto. Lo que pasa es que quieres aplicar unos “estándares de venganza” en los que ese país se ha puesto de acuerdo.
Un posible contra-argumento es que el objetivo de la encarcelación, por ejemplo, es la reinserción. Vale. Entonces, ¿qué cojones significan la cadena perpetua y la pena de muerte? ¿Reinsertarles dónde, en el infierno?
Para mi, si un individuo debe resarcir a la humanidad tras un crimen atroz, éste debería ser condenado a trabajos forzados. Me sorprende que apenas se use esto y que se vea como algo bastante malo. Si un individuo es peligroso, de acuerdo en que deba permanecer encerrado: pero haciendo algo. No viviendo a costa de los impuestos. Y siempre intentando reinsertarle. Nunca es tarde, o es un enfermo mental.
Todo lo demás fuera de aquí, es pura venganza.

Ahondemos ahora sobre la venganza. Yo apoyo la venganza. Soy consciente de los problemas inherentes a ella (con el ojo por ojo todos acabamos ciegos…), pero me parece mucho más justa que cualquier sistema establecido, porque nadie debería decidir por mi si el que me quitó la familia debe morir o no. Considero que debe ser una decisión mía.
No me importa equivocarme o si había motivos ocultos que desembocasen en que era lógico hacerlo (cosas que en teoría se desenmañarían en un sistema judicial). Creo que fue en el primer libro de Juego de Tronos, donde leí que “si crees que alguien debe morir, debes matarlo tú mismo. De lo contrario quizá no se lo merezca”. Me parece todo un acierto, a pesar de que he intentado razonar en contra de una frase tan simple… sin éxito.

Personalmente, incorporaría ambas cosas para una pena tan grande como la capital: primero, un sistema judicial. Segundo, si la decisión de pena capital se lleva a cabo, el principal afectado o afectados decidirían si realmente quieren que se lleve a cabo. Se la haría firmar, concretamente en un papel donde se especificase que además el afectado tendría que quitarle la vida al condenado. Que quedase constancia. Finalmente, en cuanto al sistema de quitar la vida, no entiendo por qué los seres humanos necesitamos tanta imaginación. Creo que somos unos morbosos. Yo simplemente clavaría algún tipo de hoja en alguna vena del condenado especialmente expuesta, de modo que muriera por desangrado. No es un tipo de muerte especialmente dolorosa. Decididamente, presenta menos problemas que el aún usado método de la silla eléctrica (menuda payasada de método). En cuanto a la sangre que inevitablemente llenaría todo, bueno, es parte del proceso. Si crees que la persona ha de morir, enfréntate a ello. Aquí lo hacemos con los toros y los pobres no han hecho nada.
Quizá una mejor decisión sería la inyección letal, puesto que parece la menos dolorosa. Pero los afectados serían los que mirando a los ojos del reo aplicaran la pena (y por supuesto, ahí también estaría el juez). Si no pueden llevarla a cabo con entereza, se le perdonaría la vida y se le aplicaría algún tipo de condena secundaria.
Claro, esto presenta otros problemas. ¿Qué pasa si el tío se ha cargado a una familia entera y ya no quedan principales afectados? Bueno, en ese caso, debería ser el juez el que hiciera el trabajo sucio. Solucionado. ¿Decides que hay que quitarle la vida a alguien? Pues hazlo. No lo digas y te vayas a casita.

Con esta visión se arreglan dos cosas: primero, se evitarían muchas penas capitales. Estoy seguro de que mucha gente no sería capaz de hacerlo. Esto incluso les vendría bien, porque es un ejercicio -muy duro- de “perdón”. Perdonar a alguien es un ejercicio sano, incluso en casos así.
Si por otra parte el afectado decide seguir adelante con la pena capital, se evita esa burocracia hipócrita y estúpida de “Ay le matas tú, ay no, le mata él”. Uno es el afectado, otro acusa, el jurado popular vota, otro dicta sentencia, y luego tienes una tercera parte de potencial verdugo que aplica la sentencia en una silla que fríe al acusado, si no falla. Pero señores, ¿qué payasada es esta? Mátale tú mismo. Lo que quieres es venganza, no justicia, no te engañes.
Si como decía has seguido adelante, deberás vivir siempre con ello. Deberás recordar la cara y reacción del reo cuando le estabas matando. Deberás estar ahí hasta el final y debería quedar constancia de ello en tus antecedentes. Elegiste la venganza en lugar del perdón: bien. Apechuga.

Aclarado mi punto de vista sobre estas cosas, me gustaría que reflexionáramos sobre los intentos de modelización del bien. Esto os va a encantar. Hay dos intentos totalmente fallidos de modelización y estandarización del bien: la ley y la religión. Como lo mejor hay que dejarlo para el final, empecemos por la ley.

La ley es la cosa más enmarañada y más compleja… y más llena de excepciones… y más vulnerada de todas las cosas que se han escrito alguna vez. Es una pena, porque yo estoy de acuerdo en que ha de haber una ley (las alternativas conducen a peores resultados) pero la cuestión es que la ley apesta. Está hecha como el culo. Estoy convencido de que ninguna ley es buena cuando un proceso judicial dura meses o años. No puede ser buena. Algo fundamental falla. Si estableces reglas y esas reglas te hacen dudar hasta el punto de que necesitas pensar bien todo durante años es que tus reglas son una puta mierda, perdona. Claro, no he estudiado el tema y mi opinión puede ser la de alguien que no tiene ni idea. Pero sé pensar en sistemas complejos. Todo es un sistema, la vida, una página web, el universo y la ley. Son sistemas que actúan conformes a reglas para evolucionar y salir adelante. Y como algo sé de sistemas, insisto en que el judicial y todas las leyes dan pena. Por desgracia, no puedo decir nada constructivo, lo cual va en contra de mi forma de hacer las cosas.

Pero ha de haber una ley. Sin ella, estaríamos en el caos, y ya sabéis, como formas de vida intentamos organizaros y aumentar nuestro estado de orden a todos los niveles. La ley es algo necesario e inevitable. Si mañana todos amaneciéramos sin ley en nuestras cabezas y todas sus manifestaciones (escritas, como sea) se borraran, de forma natural surgirían convenios para actuar de una forma ante cierta situación. Al final, se montaría otra ley (probablemente mejor que la actual).
Lo que quería poner de manifiesto, es que la ley es un intento fallido de modelización del bien. La ley intenta que no hagamos el mal dictaminando las venganzas que se llevarán a cabo de la forma más educada y enreversada posible. Eso y solo eso es la ley. Lo cual, bueno, no está mal si no fuera tan enreversado y aceptamos que somos seres básicamente vengativos, en lugar andarnos con tanto eufemismo.
Obviamente, no está bien matar a alguien de buenas a primeras. La ley lo penaliza, lo cual está bien, es un logro como especie. Pero cuando entra en temas económicos y políticos, se pone de manifiesto que la ley tiene un fallo de base grandísimo: los que más cerca están a ella más se la saltan. Los que están en una posición más ventajosa, políticamente o económicamente hablando, son los que más recovecos encuentran en las leyes: otro fallo que la separa del “bien”.

Hay algo, no obstante, que intenta también modelizar el bien. Algo increíblemente sorprendente y potente que, a pesar de que todos sabemos que es una absoluta patraña, funciona mejor como sistema: la religión.

La religión es fascinante. La religión ejerce poder sobre los individuos basándose en el miedo a lo inexistente. Basándose en la utilización de lo desconocido. La religión es un popurrí absurdo que insistimos en creer. Permitidme desgranar todos estos dardos que estoy lanzando…
Ejerce miedo basandose en lo inexistente y lo desconocido. Esto es tan obvio como decir que si pecas irás al infierno.
Es un popurrí porque, además de establecer un código de conducta en pocas líneas, encima te pretende explicar cómo se creó el mundo, cuando una cosa no tiene absolutamente nada que ver con la otra.

¿Me puede alguien explicar qué cojones tiene que ver la creación del universo con el hecho de que los humanos debemos tener cierto código moral? No, primero porque no permito comentarios y segundo porque no tiene nada que ver.

Por otra parte, se basa en mentiras. Así, tal cual. Unas te dicen que una señorita se quedó embarazada sin intervención de varón (lo cual es falso o estaríamos ante el primer caso humano de hermafroditismo autofecundativo, como las tenias), otros que si te matas por tu religión irás a un lugar mejor… en fin no voy a ahondar porque me daría para escribir un libro. La cuestión es que la religión nos insta a creer en mentiras e intenta usar el miedo humano hacia lo desconocido para contarnos historias fabulosas de que iremos a un jodido jardín en el cielo y que corretearemos desnudos y felices en la siguiente vida si en esta somos buenos.

¡No solo eso! Por si no habéis visto antes el enlace al sistema penal, aquí lo tenéis. Esto y la constitución, son miles de páginas para un código de conducta que se aplica ¡solo en un país! Y aún faltarían muchos documentos para completar todo.
A la religión todo esto se la pela. La religión te dice que con 10 frases ¡está todo solucionado, hombre, no para un país, si no para todo el jodido mundo! Como no quiero mancillar mi blog os lo pongo en otro link. Y si violas alguna de estas frases, se lo cuentas a un cura ¡y siempre te perdona!

Y ahora viene lo mejor de todo: funciona. Esta jodida basura funciona. Los seres humanos preferimos las cosas sencillas. Un ateo muy inteligente y liberal tiene a priori más probabilidades de hacer el mal que un religioso católico practicante, por muy ciertas o falsas que sean las bases sobre las que obra cada cual.
Menudo mundo señores. La única conclusión que puedo extraer de todo esto es que aún estamos en pañales. Aún no hemos crecido. No nos gusta asumir la responsabilidad de que nosotros debamos perdonar porque es lo mejor para la sociedad: debemos perdonar porque es lo que un señor mayor con barba llamado Dios haría.
No nos gusta aceptar que hay que dar limosna para intentar acabar con la pobreza: la damos porque de no hacerlo podríamos ser mal cristianos y podríamos ir al infierno.
No somos capaces de reflexionar, todas las noches, en nuestras camas sobre las cosas malas del día y llegar a una conclusión positiva. No somos capaces: si hemos discutido con alguien, seguiremos dándonos razones para pensar que teníamos razón, preparándonos para la batalla del día siguiente. Sólo rezando y pensando en qué haría alguien llamado Jesucristo (o equivalente) algunas llegan a perdonar y a dormirse con una conciencia plenamente tranquila.

Así pues, la mayoría de la población es o bien espiritualmente destructiva, egoísta y plenamente consciente de cómo funcionan en realidad las cosas (racionales), ó… bien son individuos algo más creyentes, quizá crédulos, pero mejores personas a la postre.
Solo un pequeño subconjunto se salva. Aquellos que tengan la suficiente inteligencia emocional y empatía con el resto de humanidad para amarla sin necesidad alguna de religión, y capaces de hacer lo que consideran el “bien” sin que ningún sistema preestablecido se lo tenga que contar. Personas que además comprenden el mundo y al resto de personas como parte de un todo. Llega un momento en el que a través de la ciencia uno puede llegar a ver patrones incluso para el “bien”. Porque si la vida implica mayor entropía, y un acto de maldad es algo que es destructivo (aumenta la entropía), de forma natural el que hace el acto de maldad tendrá una ventaja a la hora de acometerlo (es fácil destruir o aumentar la entropía) pero al estar metido de lleno en un sistema complejo que intenta reducir la entropía localmente, estará yendo en contra de sí mismo. El sistema lo anulará (en este ejemplo, aislándolo del resto del sistema a través de la encarcelación, o matándolo).

Algo que deben entender este tipo de personas, es que cualquier tipo de violencia vulnera el funcionamiento básico de nuestra realidad, a la larga. Agredir a cualquier persona es agredir parte del Todo. La ley o “el sistema” solo es una pequeña parte de los sistemas complejos naturales que se originan en la realidad, en el universo.

Y no puedes vencer al universo.

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Evolución tecnológica y universal

Soy un lector de ciencia ficción. No leo mucho últimamente, lo cual quiero remediar, pero uno no tiene tiempo para todo lo que le gustaría hacer…

La cuestión es que he llegado a la conclusión (y no soy, ni mucho menos, el primero) de que la humanidad es el puente entre un mundo biológico y la auténtica inteligencia, que será totalmente artificial.

Antes de que me tachéis de flipado, hay que considerar nuestro mundo desde una perspectiva muy amplia. Hay que quitar mucho zoom. Veamos. Voy a hacer un pequeño ejercicio mental: considerar la realidad como un todo, y voy a hacer zoom hasta alcanzar nuestra situación actual como personas.

Según creemos, el universo se… “inició” hace 13.700 millones de años. La cifra se conoce o cree conocer con bastante exactitud. Al principio, no tenía nada que ver con como es ahora. No voy a ahondar en esto porque queda fuera del tema, y quiero concentrarme en algunas cifras. Así que nuestra primera cifra es 13.700 millones de años.

Hace 4.550 millones de años, se forma nuestro planeta. Tampoco es como lo conocemos ahora, pero es, digamos, el siguiente gran acontecimiento necesario para que surjamos (sin entrar en detalles, también necesarios, que ocurrieron antes).

La vida empezó hace unos 3.800 millones de años como resultado de una reacción química que, no se sabe aún bien cómo, fue capaz de producir algo que se autorreplicara. Esto es básicamente la vida tal y como la conocemos. Este acontecimiento podría no haberse producido nunca. Nuestro universo podría haber seguido siendo totalmente muerto, biológicamente hablando. Interacciones gravitatorias, electromagnéticas, todo tipo de astros, para la final acabar en un Big Crunch o Big Frezee o Big Rip. Lo que sea, pero sin vida. O quizá, por otro lado, ésta era inevitable.

De cualquier modo, era vida unicelular. Sorprende mucho cuando, al leer, uno encuentra que los primeros organismos multicelulares surgieron hace ¡610 millones de años! Incluso la gente interesada por estos temas solemos pasar de largo cuando nos ponen fechas, pero esta en concreto es muy sorprendente. Teniendo en cuenta cuándo surgió la Tierra y haciendo un par de restas descubrimos que a la vida le bastaron, “sólo”, 750 millones de años para aparecer. Pero para pasar de ser organismo unicelular a ser organismo multicelular le llevó nada más y nada menos que unos 3.200 millones de años.

Esto quiere decir, simplemente, que la vida podría haber seguido siendo unicelular para siempre. Es más fácil que aparezca vida simple a que ésta empiece a ser algo compleja, multicelular en este caso. Siempre que se habla de lo raro que es que aparezca vida y de lo guay que es la evolución parece que se obvie esto: aún más difícil es pasar de unicelular a multicelular. 3.200 millones de años con vida unicelular sobre la Tierra, es dos terceras partes de su vida total. Muchos días y muchas noches sin más que un caldo de cultivo brutal en los mares.

Esto nos hace preguntarnos no sólo qué acontecimiento extraordinario inició la vida. Hay otro todavía más extraordinario, atendiendo a las cifras, que tuvo que convertirla de unicelular a pluricelular. Pero no nos vayamos del tema.

Aquí empieza lo bueno si has tenido paciencia de leer hasta aquí.

Nos ha llevado mucho tiempo de ser unicelulares a pluricelulares. Pero no nos va a llevar tanto crear las primeras plantas y animales simples: unos 500 millones de años atrás. De forma muy rápida van a surgir formas de vida. Luego extinciones. Luego otras formas de vida. Luego más extinciones.

Tras esto, surgen más formas de vida, entre las cuales estamos nosotros. Aquí empieza la historia humana.

Bueno, es de suponer que estas extinciones  (debidas a acontecimientos inevitables por los animales) al final deban de originar una forma de vida capaz de hacerles frente. De otro modo, la historia de la vida en la Tierra sería siempre de un grupo de animales superiores teniendo la supremacía, y luego una extinción, pasando el relevo a otros una y otra vez.

Las grandes extinciones son debidas a acontecimientos astronómicos o geológicos fuera de lo común: caída de meteoritos, explosión de supervolcanes, inversión de polos magnéticos… cosas que pasan cada muchísimo tiempo. Tanto, que entre tanto y tanto (valga la redundancia) a la vida le da tiempo a evolucionar de nuevo.

Bien. Llega un momento en el cual una forma de vida tiene más cerebro que las demás. Debido a diversos factores, es capaz de comprender mejor el mundo en el que vive. El salto es tremendo: comprendemos poco a poco la naturaleza de las cosas. Podemos construir cosas porque sabemos la resistencia de un material. Podemos “encajar las piezas” que hacen que algo funcione. Esto, ¿nos da finalmente el poder de frenar nuestra propia extinción, de nuevo, como especie dominante?

Hace falta inteligencia para parar un meteorito. Mucha. Es necesario un conocimiento de lo que ahora llamamos las 4 fuerzas fundamentales del universo, por ejemplo, para mandar una cabeza nuclear bestial y desintegrarlo. Un animal sin inteligencia no podría sobrevivir jamás a ello.

No quiero decir que nosotros podamos. Aún. Pero estamos en camino. No obstante, de nuevo me estoy adelantando.

Sigamos el tema de las fechas dentro ya de la historia humana, donde no ha habido evolución biológica perceptible en los últimos miles de años. ¿Qué es lo que nos diferencia de un ser humano del año 1.000 antes de Cristo? Probablemente casi nada. Biológicamente, digo. Si una persona de esa época, a la edad de 1 año, viniera a la nuestra, podría acabar siendo físico nuclear, astronauta o portero de discoteca, tan bien o mal como cualquiera de la nuestra.

Por lo tanto, hemos de aceptar que nuestra gran ventaja, a parte de la inteligencia en sí, es que somos capaces de transcribir nuestra información de forma que sobreviva a nosotros. Esta reflexión es importante porque ningún animal puede hacerlo, tampoco. De hecho, por eso tenemos lo que llamamos “historia”. La historia no es más que experiencia durante un periodo de tiempo muy largo, escrita. Así pues, los seres humanos no solo heredamos los rasgos genéticos como única información de nuestros progenitores: heredamos sus conocimientos. Nuestra evolución biológica ya no es la principal herramienta de cambio, otra gran diferencia con respecto los animales.

Puede parecer trivial y absurdo hacerlo notar, pero es algo esencial para nosotros. Ser capaz de extraer algo de un cerebro, encriptarlo en símbolos (escribirlo) y que otro individuo sea capaz de entenderlo incluso milenios después de que su creador haya muerto nos da cierto poder de inmortalidad. Se puede decir que nuestra sabiduría común es inmortal, siempre y cuando haya sujetos que la entiendan y vuelvan a escribir, mejorándola quizá.

Esto podría haber tomado otro cariz. Al igual que la vida no tiene por qué haber surgido, y al igual que no tiene por qué haber pasado a ser multicelular, y al igual que no tendríamos por qué haber sido inteligentes… nos podríamos haber quedado atascados en una edad medieval infinita (o al menos mucho más larga).

Ya entrando en lo que a tecnología se refiere, es curioso cuando uno piensa en los pocos adelantos que hubo entre, por ejemplo, el año 1.000 antes de Cristo y el 1.500 de nuestra era, hace solo 500 años. Todavía no habíamos terminado de descubrir todo América. No existía la tecnología tal y como la conocemos hoy día. Los adelantos eran mínimos: incluso mejorando enormemente cosas como la navegación, la cuestión es que también se hacían barcos hace 2.500 años.

Consideremos ahora periodos más cortos. Desde el 1500 hasta el 1800, o siglo XIX entero para coger más rango. En solo 300 años pasamos de dibujar mapamundis a empezar a meternos en la revolución industrial: el inicio de la mecanización.

Ahora cojamos un periodo aún más corto. Si antes eran unos 300 años, ahora solo 100. Siglo XX. Aquí incluso hemos nacido muchos de nosotros. De trenes y fábricas, pasamos a la automatización casi total. A volar. A viajar a otro objeto celeste distinto a nuestro mundo: la Luna. A la era de la información automatizada, incluso: la informática. ¡Todo en únicamente 100 años!

Cojamos ahora un periodo de tan solo 13 años. Del 2000 al 2013. Claro, todavía no vamos por ahí en coches voladores ni nos teletransportamos. Pero considerad la revolución de los móviles. Del ocio interactivo como nuevo arte. De los ordenadores y tablets. De Internet. Joder, si hasta lo escribimos en mayúscula: Internet. Y “universo” en minúscula. Parece que hayamos inventado a Dios.

Una vez hecho este zoom histórico, desde la creación del universo, de la Tierra, de la vida, de organismos multicelulares, de animales inteligentes, de la historia como añadido a la herencia genética, y finalmente de tecnología automatizada, podemos imaginarnos una barra de progreso. De izquierda a derecha. Imaginemos marcas para cada acontecimiento que realmente cambia algo importante en la evolución de la materia y la información (desde el punto de vista universal, no solo humano).

Uno llega a la conclusión de que estamos en medio de algo que está acelerando a marchas forzadas. Eso es el presente tecnológico: el siguiente gran paso evolutivo, no nuestro, si no del universo.

Creo firmemente que el ser humano, en pocas generaciones, entrará en lo que se denomina una singularidad tecnológica. Y este es el punto al que quería por fin llegar. Pero ponerme a escribir sobre él sin reflexionar sobre los antecedentes, no nos podía poner en el contexto correcto.

A la hora de hablar sobre la singularidad tecnológica uno ha de ser muy cauto. Es muy sencillo, por ejemplo, afirmar que no ocurrirá obedeciendo a leyes muy humanas de oferta y demanda. De la misma forma hay quien opina que lo veremos en menos de 20 años, hagamos lo que hagamos.

Yo, como en otras tantas cosas, tengo una visión moderada. Creo que ocurrirá, pero al igual que con la formación de la vida, el paso de vida simple a la multicelularidad (si es que esa palabra existe), el paso a la inteligencia, el paso de una era muy larga de baja tecnología a una era de alta tecnología en menos de 2 siglos… creo que estamos ante otro de esos “escalones” que cuesta subir, aunque estemos acelerando.

En cuanto más lo pienso más lógico me parece. Incluso lo hemos vaticinado innumerables veces, con películas como Terminator o Matrix. Me parece el gran siguiente paso, que se tomará independientemente de que queramos o no, a menos que seamos MUY cautos. Al igual que la religión frenó la ciencia y tecnología durante milenios, unas reglas muy estrictas por nuestra parte podrían evitar el paso de la dominación de las máquinas. Porque al final, hablo de eso.

La pregunta obvia es: ¿por qué iba a ocurrir? ¿Cómo demonios va a ocurrir? Realmente no lo sé, y depende en gran medida de cómo funciona el universo. Únicamente intentando comprender cómo funciona el universo, en todos los niveles a la vez (lo cual no es nada fácil), uno ve el patrón. Os invito a haceros la siguiente reflexión como patrón que sigue el universo:

El universo parece premiar las formas que reducen la entropía en sistemas locales. Esta frase tan guay y cool, para entenderla, hay que saber primero lo que es la entropía. Aunque te invito a irte a Wikipedia para mirarlo, te diré que se trata de la cantidad de desorden que hay en un sistema particular. Se considera sistema cualquier cosa que no puede ser afectada por nada ajeno a ese sistema. Y cuando se habla de desorden, es una forma fácil de decir “capacidad de la energía de transformarse”. En cuanto más aumenta la entropía, más disminuye la capacidad de la energía de transformarse y generar un trabajo.

Lo voy a decir de otra manera que se entienda: considera una caja llena de un gas. La mitad está a una temperatura de 5 grados, y la otra mitad a 50. En ese momento está en un estado ordenado, con poca entropía. Además, se puede decir que almacena información. Bien, si le damos al botón de “simular” que tiene el universo, la temperatura del sistema tiende a igualarse. Aquí, la caja es un sistema cerrado porque estamos suponiendo que no puede ser afectada por la temperatura exterior (lo cual es en la práctica imposible si consideramos más cosas además de la temperatura). La entropía ha aumentado naturalmente. Se ha perdido información al homogeneizarse el sistema, al igual que un CD perdería información al alisar todas sus muescas o irregularidades.

Realmente el único sistema cerrado que existe es el universo, hasta donde conocemos. Dicho lo anterior una vez más y con distintas palabras, para que se entienda, la materia del universo tiende a adoptar formas lo más homogéneas posibles. Formas mezcladas. Formas indistinguibles unas de otras. Y dicho de otra forma: formas que no almacenan información, al no tener un estado diferenciado unas de otras.

Hasta aquí, en general. Ahora viene el “peeeero…”

Pero la vida es justo lo contrario. Somos grandes cantidades de materia ordenada en estados muy bien definidos. Somos grandes soportes de información. No importa si hablamos de vida unicelular, de un riñón o del mando de la tele: desde el punto de vista del universo, es materia ordenada. No está disgregada, y es relativamente resistente a la disgregación, que es a lo que el universo tiende. Volviéndolo a decir de otro modo: la vida y todos sus derivados permite reducir la entropía localmente.

No es posible reducir la entropía universalmente. Esto viola una ley fundamental de termodinámica (la segunda) y si fuera posible podríamos obtener energía gratis, por lo que podríamos dejar de trabajar y vivir la vida. Pero es posible hacerlo localmente. ¿Cómo? Fácil. Cuando yo escribo algo, como ahora, estoy reduciendo la entropía en… digamos un servidor de WordPress que no tengo ni idea de dónde está. No sólo eso: estoy reduciendo la entropía en todos mis lectores. Sus mentes ahora están imaginando las implicaciones de mis palabras y las están juzgando, porque no deberían aceptarlas sin más. Esta grabación de información, para no violar leyes fundamentales, requiere que se aumente la entropía de alguna otra manera: y lo hace. Estoy perdiendo calor por mis manos. Mi cerebro no deja de consumir oxígeno y azúcar entre otros. Oigo el ventilador de mi ordenador (cosa que no debería por cierto). El disco que graba estas palabras en su servidor, también genera calor. Y el calor, es una forma degradada de energía, la que más complicada es de transformar en algo útil. Por lo tanto, dentro del sistema cerrado del universo, ahora mismo yo y todo el mundo aumentamos la entropía. Pero localmente, la disminuimos.

“Vale tío, ¿pero para qué todo este rollo de la entropía? ¿Qué tiene esto que ver con lo del futuro megatecnológico superguay y tenebroso que decías?” Ahora va. Al igual que el tema de la evolución de la vida, es necesario comprender la naturaleza de la entropía para entender el motivo por el que creo que las máquinas tomarán el relevo.

Verás, hay formas más eficientes de hacer las cosas. Aunque siempre vayas a aumentar la entropía, puedes grabar información en una losa de piedra con un martillo, o grabar millones de líneas, en un segundo, con una disipación mínima de energía. Y como decía antes: “El universo parece premiar las formas que reducen la entropía en sistemas locales.” Esto es lo mismo que decir que al universo la gustan las estructuras. A todos los niveles. Aunque en general la entropía aumente, no dejan de surgir estructuras complejas en todos los niveles de realidad, todos los niveles de zoom que podamos imaginar.

Y da la casualidad de que las máquinas, basadas en electricidad y componentes de silicio y otros, son mucho más eficientes que los seres humanos, a la hora de reducir la entropía localmente.

He aquí el meollo de la cuestión. Lo que acabo de exponer en todo este troncho de texto, son hechos. De hecho, me apoyo en la definición más moderna de lo que es la vida (en concreto, la definición termodinámica). En cuanto más compleja es una forma que está sujeta a un posible cambio por evolución, más rápidamente se hace más compleja. Al final entra en un estado en el que da un paso tan grande que la forma anterior queda totalmente relegada a un segundo plano. Esto ha pasado con todo, siempre, y volverá a pasar.

Las únicas cosas que pueden ralentizarlo son catástrofes de fuerza mayor, que para esa forma aún no es posible evitar, o que las propias formas adquieran conciencia de que no desean el cambio. Ejemplos: la caída de un meteorito, o la Iglesia, respectivamente.

Llegados a este punto, lo que resta es intentar vaticinar qué ocurrirá si no se pone en marcha algo para evitarlo. Lo primero, es que estamos ante un escalón. Hay fuerzas que harán que esto no ocurra inmediatamente: fuerzas humanas. El ser humano se preocupa más por comer y sobrevivir que por otra cosa, más aún en época de crisis. Estuvimos a punto de sucumbir, además, ante nuestro propio descubrimiento del uso de la energía durante guerras mundiales. Ahora mismo, únicamente hay 2 campos que favorecen el cambio: la demanda (básicamente por modas) y la guerra.

Un ejemplo sencillo de la primera, es el teléfono móvil. De hecho, antes lo llamábamos “móvil” por acortar, pero ahora se ha convertido en un “móvil” de verdad. Lo que tenemos no es un teléfono. Es un GPS, barómetro, terminal con Wifi, reproductor de vídeo, música… etc. Un completo ordenador en tu bolsillo, con la tecnología que hace menos de 10 años estaba en una torre de ordenador de sobremesa (una prueba más de la aceleración). En el campo tecnológico realmente somos presa de la moda. No nos hace ninguna falta un terminal móvil. La gente sobrevivía y era la mar de feliz sin ellos. No obstante, una vez interactuamos con uno, nos es difícil dejarlo o no desear uno mejor. Toda la sociedad está atontada con los móviles, un servidor incluido. Esto hace que se destinen grandes cantidades de dinero a su desarrollo, lo cual contribuye, indirectamente, a la creación de la singularidad tecnológica.

Un ejemplo de la segunda (la guerra), es parte de otro escalón: la robótica. Actualmente los únicos que tienen recursos para investigar en un robot bípedo dinámico completo, que yo sepa, son los de DARPA. El objetivo, si no me equivoco, es tener soldados robot, a juzgar por el equipamiento y simulaciones que he visto en algunos vídeos. Hay muchos vídeos de robots bípedos, pero ninguno es realmente dinámico: saben andar sin más. Si les empujas, se caen. Este no.

No obstante, es la inteligencia software lo que creo que tomará el control. Ser físico genera problemas, y requiere aumentar la entropía tontamente. Una inteligencia puramente mental sería el gran triunfo del universo en su intento de reducir localmente la entropía. Al final, siempre hará falta algo físico que lo haga funcionar, pero el sistema buscará como minimizarlo. Es propio de la evolución premiar a las formas que con “mínima comida pueden hacer más cosas”.

Uno se pregunta, llegado a este punto, el objetivo de la vida. Yo, como creo en la definición termodinámica de vida, simplemente pienso que el objetivo es obtener vida que sea capaz de reducir el aumento constante de entropía aún más. Y como la inteligencia la reduce mucho localmente, al generar mucha información con mínimo desgaste energético, es lógico pensar que el objetivo de la vida es la inteligencia. Muchos biólogos diferirían con esto de inmediato, y no soy quién para negarlo, pero al no estar especializado en nada creo que una visión global es más acertada. Un biólogo se limitaría a decirme que las cucarachas son una forma de vida muy buena, que no requiere gran inteligencia (y que de hecho apenas ha evolucionado). Lo cual es muy cierto. Pero desde un punto de vista universal, llegará el día en que el Sol abrase la Tierra, dentro de otros 4.500 millones de años. A eso, nada podrá sobrevivir. Creo que si las cucarachas siguen sin evolucionar hacia una forma de vida que les permita escapar del planeta no tendrán muchas posibilidades de remediar su destino. Y si lo hacen, requerirán inteligencia.

Falta otra cosa en la que pensar y que se podría usar de argumento en contra de mi razonamiento: ¿Puede una inteligencia artificial tener la inventiva de un ser humano?

Vamos a ver: claro que sí. No nos engañemos. Pensamos que no simplemente porque aún no se ha conseguido y por pura vanidad humana. Lo que es la inteligencia, el “yo”, no es más que un patrón en el interior de tu cerebro, un patrón generado por la sinapsis de tus neuronas. Nada que no se pueda imitar con tecnología. Lo que pasa es que aún no sabemos cómo. Pero físicamente es totalmente posible. Y, ¿no es casualidad? Con los móviles estamos investigando cómo reducir microchips a lo bestia. Cómo meter más capacidad de procesamiento en un menor espacio. Justo lo necesario para solventar uno de los handicaps que hay para diseñar una inteligencia humana artificial.

La inteligencia, desde mi punto de vista, lo único que necesita es motivación. Uno no podría, aunque tecnológicamente fuera factible, hacer un cerebro artificial y darle al play: no haría nada. Nosotros, los seres humanos, tenemos motivaciones básicas que hacen que usemos nuestro cerebro: éstas son comer y reproducirnos. Otras necesidades, aunque esenciales, no requieren usar tanto el cerebro.

Una inteligencia artificial no tendría motivaciones a priori. Pero se podría programar para lo mismo que toda forma en el universo acaba por hacer: conseguir alimento y reproducirse. Siendo software, esto sería tremendamente fácil: únicamente necesitaría hacer los movimientos necesarios para conseguir la mayor electricidad posible y copiarse a sí misma las veces que considerase necesario, como un virus. No es difícil imaginar una evolución digital. No obstante, quizá no podría automejorarse por prueba y error, como ocurre con la vida biológica actual (ya sabéis, mutamos, y unas formas se ven más beneficiadas que otras, las cuales se reproducen más). Lo más seguro es que pudiera mejorarse conscientemente, o autoinducirse una prueba y error a sabiendas de que, en un subconjunto de sus copias, sería capaz de o bien gestionar más eficientemente su consumo eléctrico o bien el reproducirse.

Una conciencia global digital no es alocado, pues Internet actúa de forma parecida a una enorme red neuronal. Que “despierte” para mi es simplemente cuestión de tiempo. Alguien hará algo, lo intentará, o quizá algún virus informático sea capaz de fastidiarlo todo… no lo sé exactamente. Pero esto creo que es un salto muy grande, similar al de la vida multicelular. Dentro de nuestra escala de tiempo acelerada, no será cuestión de unos pocos años… es posible que sí, o es posible que haga falta 100, o 200 años. Al estar metidos de lleno en la aceleración tecnológica, no tenemos ni idea de cómo será la sociedad en ese tiempo. No sabemos qué otra cosa estará de moda. ¿Todavía móviles? Yo apostaría más bien por algún tipo de implante bio-informático. Probablemente no volaremos por ahí con nuestros coches dentro de 100 años tampoco. ¿Cómo lo sé? Porque requiere mucha energía para hacer lo mismo que puedes hacer con poca. Aumenta mucho la entropía. Es la respuesta a todo. También se puede decir que “no es barato” si prefieres. ¿Para qué cojones voy a ir volando a un sitio que, al fin y al cabo, está en Tierra? Tengo que gastar más energía para pasar a través de distintas líneas de potencial gravitatorio hacia arriba, para luego bajarlas de nuevo. ¿No será mejor y más seguro hacer un coche automático y rápido?

Al final, para predecir el futuro a corto plazo uno puede confiar en la oferta y la demanda. Para predecir el futuro biológico, en la evolución. Pero para tener una idea del futuro general, desde el principio hasta el fin del universo, siempre, absolutamente siempre, se requiere mucha imaginación y pensar si “eso” que has imaginado es correcto desde el punto de vista entrópico.

Y una inteligencia software dominante… una singularidad tecnológica… bueno, es lo más correcto que puedo imaginar.

Pero ese no es el fin de todo esto. No tiene por qué. ¿Qué pasará en sucesivas evoluciones de una inteligencia artificial dominante? Al igual que los escalones de vida unicelular a multicelular o de inteligencia biológica a inteligencia electrónica, habrá más escalones. Cada vez se subirán más rápido, sí: la cosa no se detendrá. Algo que no podemos imaginar (al igual que un perro no puede imaginar una derivada, por muy listo que sea, ya que simplemente su estructura cerebral no lo permite), algo seguirá evolucionando hacia otro algo. Quizá al final el universo se llene de ondas inteligentes, sin ninguna parte física… cualquier cosa que requiera el mínimo gasto de energía. A lo mejor se produce otra cosa que es más avanzada que la “inteligencia”, totalmente distinta, que no podemos imaginar.

Esto me recuerda al relato “La Última Pregunta”, de Isaac Asimov. En éste, todos los individuos y el más potente superordenador se fusionan, al final de los tiempos, donde ya no queda nada en un universo frío y muerto. El conocimiento de ese único ente incorpóreo final es tal que aprende a invertir la entropía. Es un final muy bonito, en el que además se hace referencia a un Dios (muy de soslayo) desde el punto de vista científico (no es más que todas las inteligencias y la sabiduría universal de todos los tiempos reunidas en ese único ente). También, en el relato, se da a entender que el universo se “reinicia”.

No creo que aprendamos (ni nosotros ni ninguna inteligencia) a invertir la entropía. Ni siquiera reducirla un poco, en total. Las leyes físicas son inviolables. Pero es fascinante pensar que vamos hacia esa dirección. Sólo me pesa no ser inmortal para ver cómo acaba todo esto.

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Solidaridad

Mi primera entrada “oficial”, fuera de la presentación del otro día, va a versar sobre la solidaridad.

¿Por qué? Bueno, podría hablar del tiempo, de que nos estamos cargando el mundo o despotricar contra políticos, pero eso ya lo hacen demasiadas personas, puedes leer mierda a mansalva en Twitter o en otros mil blogs.

Además, la solidaridad es algo que también genera discusiones. Por ello es interesante. Cuando hablo de solidaridad, en este contexto me voy a referir únicamente a colaborar activamente, aportando una cantidad de dinero a organizaciones que se dedican ayudar a los necesitados.

Además, definamos necesitado. Mi definición es “gente que se muere de hambre y/o enfermedad fácilmente curable, que no está capacitada para poner remedio a su situación por mucho que se esfuerce”. Si el DRAE dice otra cosa, me da igual.

A estas alturas, si no has abandonado ya la lectura, probablemente te hayas empezado a sentir ligeramente mal, si eres una persona con trabajo estable e ingresos mensuales que no colabora. Aunque sea una pequeña incomodidad a nivel subconsciente. Tu cerebro empieza a rechazar este escrito, a estar a la defensiva para justificar tus acciones. ¡Felicidades! Eso quiere decir que tienes empatía. Te preocupa el ser humano. Amas la humanidad. Suena un poco gay, pero así es. Esto te une a uno de los dos existentes grupos de seres humanos que son distintos de la mayoría de animales (en concreto, al grupo que los mejora. Del otro hablaré en su respectivo post).

El hecho de sentirse mal por algo así se puede considerar sano. ¡Fíjate qué cosa! Algunos seres humanos podemos sentirnos mal por conocer la realidad de otros seres humanos que se hayan en situación penosa, aunque nunca vayamos a conocerlos. Aunque su realidad nunca vaya a tocar la nuestra. Otros, no. Otros, simplemente piensan “Me la pela, cada uno que se busque la vida” y punto.

Me pregunto qué hace que seamos distintos en cuanto al sentimiento solidario. Desde mi punto de vista, reside en la llamada inteligencia emocional y en la educación, pero no estoy seguro. No obstante, es irrelevante. Llegados a ser adultos, es prácticamente imposible que cambie.

Yo, personalmente, no soy de las personas que van dando monedas por ahí a los pobres. Casi nunca lo hago. No sé exactamente por qué, me da algo de apuro… y tampoco puedo estar seguro de que no puedan ganarse la vida con un trabajo. Es decir, estás en un país medianamente civilizado, y tienes piernas y brazos. Bueno, algunos no, con ellos habría que hacer una excepción.

De ahí mi definición de “…y no pueda hacer nada para poner remedio a su situación, se esfuerce lo que se esfuerce”. Yo no sé si un tío está ahí tirado, sacándose 30 euros al día por hacer nada, o si se está muriendo. No tengo manera de saberlo. Y preguntárselo directamente, por muy educado que fuera, creo que no aclararía mis dudas.

Por lo tanto, colaboro con una organización de estas de ayuda. De estas que alimentan a niños que no tienen comida, ni medicinas, ni nada. Lo cierto es que es bastante fácil hacerlo. Haces una llamada, y ya está. O te metes en su página web, y ya está. Te lo descuentan mensualmente de una cuenta. Opcionalmente, te pueden enviar boletines y cosas de esas. Obviamente, todo lo que es retirar dinero de tu propia cuenta, siempre es fácil. No requiere demasiados trámites. En cuanto a los boletines, mejor por email, o que no existan. No colaboro para saciar mi infelicidad, si no porque creo que hay que hacerlo. No me hago pajas mentales viendo fotos de negritos felices gracias a mi.

La decisión de hacerlo, la tomé hace mucho tiempo. No sé cuándo, pero creo que durante mi infancia o adolescencia. Lo que sí sé seguro, es que cuando era universitario ya lo sabía. Pero claro, no empecé a hacerlo hasta cuando me aseguré una fuente de ingresos estable. Entonces, empecé a pensar en algún tipo de algoritmo para colaborar en función de mi sueldo. Es una manera de auto-obligarme a hacerlo bien y no olvidar mi principio.

En concreto, con mi fórmula, aporto tantos euros mensuales como miles brutos ingreso anuales, redondeando hacia arriba de forma que la cifra acabe en 5 o en 0. En otras palabras: en el supuesto (supuesto) de que yo cobrara 12.000 euros brutos anuales, colaboraría con 15 mensuales. En el supuesto de que cobrara 88.500 euros anuales, colaboraría con 90 mensuales. Me parece una fórmula bastante aceptable. En el supuesto de que me quedara en el paro, dejaría de colaborar, se siente.

Esto nos lleva a que, a la hora de colaborar, hay dos preguntas inmediatas: con quién y con cuánto. Ambas dependen enteramente de ti, claro. Pero lo que no hay que hacer es usarlo de excusa. “Es que para dar tan poco no doy nada”. “Es que yo luego, ¿cómo sé que se está ayudando de verdad y no se lo quedan ellos?” Bueno,  son preguntas lógicas y naturales, me las hago a menudo. Pero mi respuesta es sencilla: “Hazlo lo mejor que puedas. Pero la mejor forma que tienes de asegurarte de que dejas morir a gente, es seguir añadiendo ‘Es-ques’ y olvidarte, en lugar de hacer algo”. Y punto. Si de verdad sientes que has de hacerlo, infórmate y hazlo.

Aquí he enumerado dos de las excusas más comunes, pero aún hay otras tres o cuatro en las que la gente se apoya para no colaborar:

1) “Es que ya lo hacen los gobiernos, o creo que lo deberían hacer ellos enteramente, con todo lo que me descuentan a mi de mi sueldo, blablablá.” Mira, no tienes ni idea de cuánto se destina a ayuda humanitaria y ya lo estás usando de excusa. Vergüenza me daría (¿Ya te has ido a buscarlo?). Y en cualquier caso, ni me gusta que lo decidan unos señores corruptos por mi, ni creo que sea suficiente. Esto, por cierto, también es aplicable a instituciones religiosas.

2) “Pero por mucho que ayudes, la gente va a seguir muriendo. Mentalízate de que no puedes salvar el mundo”. Esta es una de las excusas más molestas, estúpidas y recurrentes. Tu interlocutor adopta una actitud paternal y, encima, aparentemente tiene razón. Mi respuesta es muy sencilla: “ya lo sé”. No intento salvar el mundo. Pero aquí cada uno tiene que limpiarse su propio culo. Yo no voy a limpiarte el tuyo, no voy a aportar tu parte, aunque sea un euro mensual. Yo hago lo que creo que hay que hacer, de forma que si cada uno hiciera lo mismo que yo, este mundo fuera un lugar mucho mejor y no peor. Es así de sencillo, y te recuerdo que aquellos a quienes ayudas, no pueden limpiárselo, pero literalmente. O lo hacen en el mismo sitio donde comen. O no comen.

3) “Es que realmente lo haces para sentirte feliz tú, el ser humano es egoísta igualmente, tanto tú como yo”. Esta me encanta, ¡es mi preferida! Para darla hace falta un poco de pensamiento avanzado e introspectivo, por lo que ya sabes que no hablas con un zoquete. Además, puedes caer en una discusión interminable de “yo creo que sí”, “pues yo creo que no” (cada uno con sus motivos), pues si lo haces (colaborar) para sentirte tú bien e hinchar tu propia felicidad de forma “egoísta”, o no, es una discusión compleja. Lo malo para tu interlocutor es que es fácilmente desmontable con un ejercicio de lógica: si no se hace para aumentar egoístamente nuestra propia felicidad, estamos salvando a gente de la muerte. Si sí que lo hacemos para ser egoístamente felices, estamos igualmente salvando a gente. Por lo tanto, concluimos que vamos a salvar a gente igual, y que la discusión realmente versa sobre qué es ser egoísta, no sobre si uno debería colaborar o no. Si soy egoísta tratando bien a los demás y alimentando a moribundos, bendito sea mi egoísmo. Lo que tu interlocutor hace, realmente, es intentar hacerte ver que tú no eres mejor persona que él, un claro signo de debilidad por su parte que solventa con un ataque directo.

4) La siguiente no es una excusa consciente, no sabía si meterla aquí o no. Es la de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Lo peor de esta es que sí que es cierta. Si los medios no te bombardean con el tema, tienes otros problemas diarios que solventar, los cuales absorben tu atención y recursos. Esto hace que otras excusas más pobres se magnifiquen, como que tu móvil nuevo no tiene mucha batería y quieres ahorrar para comprarte otra de repuesto (como dice un amigo mío, “problemas del primer mundo”), que si estamos en crisis (cosa que se controla con mi fórmula expuesta arriba u otra con la que se aporte menos, pero algo), que tu dinero va para tus hijos y para nadie más (excusa pobre también, por cierto, porque en ese caso no les educarás en algo importante), en fin, una infinidad de cosas aparentemente lógicas. Cosas que te afectan en tu día a día; lo otro, si no lo ves, no existe en tu esquema mental de realidad. Al final, supongo que esta excusa se solventa con un ejercicio de imaginación, concienciación y planificación de recursos.

Personalmente, lo que me parece terrible es que la gente se ponga a la defensiva. Sus cerebros eligen el bando de “no ayudar” y empiezan a buscar continuamente excusas. Es aborrecible, me pone enfermo. ¿Por qué tu cerebro no busca razones para ayudar? ¿En qué momento te volviste tan avaro? Realmente, tampoco es eso. Realmente has elegido un bando y necesitas justificarte, exactamente igual que yo hago. Solo que yo he elegido otro bando. La psicología humana es así. En la política, en el fútbol, en todo.

Además quiero hacerte notar algo: todas estas excusas y todas las que te puedas imaginar (hay incluso quien te saldría con teorías darwinistas sobre la supervivencia del más fuerte y otras muchas más), son minucias, comparadas con el hecho de salvar vidas humanas. Es decir, incluso aunque algunas o todas fueran ciertas, el hecho es que da igual. El hecho de salvar aunque sea una sola vida humana es más importante que, reitero, todas las excusas juntas, y esto no está sujeto a discusión.

No te estoy intentando convencer de que colabores, sólo intento hacer que pienses. Con eso me sobra. Tampoco quiero que te sientas mal, esto no es un chantaje emocional. De hecho, si te sientes incómodo, ya he comentado que eres afortunado de tener aunque sea ciertos sentimientos, incluso si decides, por desgracia, seguir sin aportar nada a nadie. Si todo te sigue dando igual, una de dos: o tu inteligencia emocional es tristemente baja, o bien opino que eres una persona detestable, en cuyo último caso te pediría que dejaras de mancillar mis líneas con tu vista.

Si por otra parte eres de los que colaboran de algún modo con la ayuda a los necesitados, que sepas que te admiro y respeto.

Para finalizar, creo que la pregunta real que uno ha de hacerse, no es por qué hace lo que hace. Siempre pensarás en motivos que te den la razón, porque los hay, todo el mundo tiene cierta razón. La pregunta real que te diferenciaría de la masa ingente de humanos del montón, es: “¿Qué puedo hacer individualmente para mejorar mi entorno y a mi mismo, de una forma justa?” Y aplicarlo, provocar un cambio. Esto es lo que realmente pone a prueba a una persona, donde demuestra su verdadera fortaleza y bondad.

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Volviendo a escribir

Creo que el título es bastante claro.

Esto no pretende ser más que un blog donde iré poniendo algunos pensamientos. Igual me dura años que semanas. Así que no esperes gran cosa.

No podrás poner comentarios. Verás, no es nada personal, pero por mi pasada experiencia, los comentarios no me aportan prácticamente nada. Hay básicamente 4 tipos de comentarios:

1) Los estúpidos. Lidiar con estos equivale a intentar enseñarle física relativista a un procariota: es una pérdida de tiempo.

2) Los interesantes que dicen lo mismo que yo o me apoyan o me felicitan o me adulan o etc: Vale, ok, gracias, de nada, no hay de qué, sí a todo. (Aunque no lo parezca, de corazón).

3) Los interesantes que argumentan lógicamente en contra u ofrecen un punto de vista alternativo: ojalá todos sumados llegaran al 1% del total. En tal caso, los permitiría.

4) Los que se van por las ramas y acaban hablando de otra cosa, con sentido o no, que acaban siendo más largos que el propio post: Vale tío. Hazte tu propio blog.

Así que, si algún amigo quiere comentarme algo, lo puede hacer perfectamente a través de Twitter o Facebook, donde spamearé la mar de contento mediante algún sistema automático cada vez que se publique algo aquí. A los desconocidos, lo siento. Pero si son listos y les interesa se las arreglarán para contactar conmigo.

Además, voy a escribir historias. De ciencia ficción. Tengo algunas medio empezadas, pero por falta de tiempo no he seguido con ellas. Gracias a una ligera reorganización de mi vida, poseo algo más de tiempo libre. Algunas, no muchas, quizá las publique en otro blog… ya veremos. Ficción y realidad hay que mantenerlas separados, hasta en distintos blogs si es necesario.

Así que nada. Tanto si me conoces como si no, espero que, si lees algo, te haga pensar, como mínimo. No confundas mi forma directa de escribir con mala educación. Las cosas que ves aquí son tal cual pasan por mi cabeza, sin ese filtro consciente de “eh, que estás escribiendo algo que es potencialmente leído por fulano o mengano, sé educado, usa eufemismos”. No. Me da igual.

Qué gusto da teclear de nuevo. Hacía tiempo que no aporreaba las teclas con esta velocidad, acostumbrado que estoy a tener que hacerlo en otro idioma en mi día a día. Cuando uno escribe, en realidad hace un ejercicio bastante útil para consigo mismo, un ejercicio de sinceridad. Una sinceridad provista de la justa emotividad.

Cuando escribo, no tengo problemas para decir lo que pienso. Tampoco temo herir a nadie por alguna afirmación contundente. Y si pienso que puedo estar haciéndolo, puedo borrarlo, y nunca será visto. Nunca habrá existido, no podrá comenzar ningún efecto mariposa, más allá de hacerme perder unos segundos y lo que conlleve. Las emociones se aplanan. Lo que te hace sentir enormemente feliz se ve desde un punto de vista algo superior, al igual que lo que te hace infeliz. Escribir es un ejercicio tremendamente útil. Es una actividad creativa, en la que plasmas algún tipo de información en algún tipo de medio (cosa que, aunque suene estúpida y obvia, no puede hacerlo ningún otro ser vivo: crear y dejar constancia de ello en el tiempo). Claro, la información puede ser una auténtica bazofia, o no. Puede estar bien escrita sintáctica y semánticamente, o no. Puede hacerte pensar, o no. Pero en cualquier caso, te permite conocerte mejor a ti mismo, sea lo que sea lo que los demás opinen de tu escrito. Quizá por eso lo hago. Quizá por eso no permito comentarios. Porque escribo para mi.

O quizá no. Porque si no, no lo publicaría. Quizá me considere uno de esos capullos que piensan que tienen la verdad absoluta, y que te empiezan a comer la cabeza con sus interesantísimas (¡por supuesto!) historias y sus absolutamente incuestionables argumentos. Quizá necesite un lugar donde plasmarlo, ya que no lo haga en mi día a día por una cuestión de la humildad más básica.

Nunca podré estar seguro de lo que hay detrás de mi subconsciente, que para eso es subconsciente. Pero saliendo de cuestiones filosóficas y psicológicas, lo cierto -y práctico- es que uno puede escribir lo que quiera, y debe escribir lo que quiera siempre y cuando haya un mínimo de educación para con sus semejantes.

Aquí acaba mi primera entrada. Podría darle un giro a las cosas, terminar con una pregunta, usar alguno de los mil recursos que hay para hacer interesante un escrito. Pero cuando uno escribe lo que le pasa por la cabeza, las cosas terminan así: sin más.

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